Memorabilia


La Habana

    Ayer fue mi primer día en La Habana. Elegí el Hotel Nacional de Cuba. Monte Vedado es su ubicación. Eso me hizo elegirlo. Está frente al túnel del tiempo. Sí, creí que este lugar me haría sentir que me transportaba a los primeros siglos coloniales. Siempre elijo algún camino prohibido para otros. Quiero saber qué hay ahí.
    Los corsarios y los piratas atacaron este lugar en el que yo estoy parado. Sé qué cosas vieron los ojos ingleses cuando tomaron la Habana. Hace más de treinta años, los jardines del hotel fueron declarados patrimonio de la humanidad por la Unesco. El patrimonio que dejaron no es lo que yo esperaba. Además del centro histórico, hay dos cañones. Uno inmenso, con un cartelito que lo nombra como el más grande de esa época. Se llama "El Ordóñez". No me gustó. No me pareció elegante. Ese lugar me estaba defraudando. Buscaba otra cosa.
    Esta mañana salí a caminar. Quería encontrarme con Alejo Carpentier, con el rey de la selva, el personaje que encarnó Johnny Weissmuller, con Ernest Hemingway y con Alexander Fleming. Aquí los invitaría a fumarnos un puro. Pero no estaban. Solo quedaba como reliquia ese desagradable cañón negro que mandó a construir ese envidiado viajero andaluz que, a los diecisiete años, emprendió su viaje. Pasó por la Cochinchina. Mi abuela siempre nombraba ese lugar. Para ella era un lugar cercano al fin del mundo. Para mí también. Lo único que me despertó ese viejo y decrépito cañón fue el deseo de, alguna vez, conocer la Cochinchina. Nada más.
    Pero quiero que sepan por qué elegí La Habana.
    Ante todo, porque mi papá seguía siempre las noticias del Che Guevara. El Che era tres años menor que él. Estoy seguro de que le habría gustado ocupar ese lugar en la historia, y no el de un desconocido.
    El 9 de octubre de 1967 mataron a Ernesto Guevara Lynch. Ese día mi papá escuchó todo el día (y toda la noche) la radio. La cambiaba cuando hablaban de otro tema. Movía el dial con una flecha de su Spica cubierta de esa funda color marrón sombrío (igual al del gato de Laura, la vecina de al lado, la del tercero nueve). La imagen de esa funda quedó tan grabada en mi memoria que, cuando pienso en él, la veo antes que nada.
    La funda tenía a la derecha un agujero grande y redondo con unos números que iban del 16 al 5. Si movía el dial hacia un lado, la raya roja se movía en esa dirección. Si lo movía hacia el otro, volvía a escuchar la radio anterior.
    Siempre nos contaba que lo impresionaba que Ernesto Guevara Lynch hubiese decidido dejar de ser argentino. Quiso ser cubano. Lo logró. Nunca lo perdonó por eso.
    Yo tenía siete años. Muchas veces nos contaba en la mesa lo mismo: que el día de mi cumpleaños número siete, lo habían matado al Che en Bolivia.
    Él no entendía cómo un argentino, nacido en Rosario, podía negar su ciudadanía. Un patriota no debía cambiar su nacionalidad. Quizás (en el fondo) no le perdonaba a su mamá que cambiara la suya. Era italiana. Tenía el pasaporte del Regno d´Italia, que todavía lo tengo aquí, dentro, en esta caja oscura que me dejó. Se hizo ciudadana argentina en 1923, cuando él nació.
    Mi papá tampoco entendía que un escritor hiciera lo que él hizo. Para él, los escritores debían hacer sus guerras personales escribiendo. Jamás empuñando un arma y matando a otros. Eso le confirmaba a él que "el Che" no decía la verdad. La inventaba. Y también que mataba. No cumplía con el quinto mandamiento (el que a mí me habían enseñado en catequesis el año anterior a que lo mataran).
    Además (agregaba mi papá), "el Che" era médico. Y los médicos tenían que salvar o alejar a las personas de la muerte, y no causárselas.
    No estaba con muchas ganas de seguir caminando por La Habana, hasta que el último día entendí claramente por qué había querido viajar allí.
    Olvídense de lo anterior y les cuento.
    Esa mañana soleada y brillante, pasé por una disquería que vendía fotos de viejos discos que habían logrado tener una historia en Cuba. Mis ojos viajaron hacia atrás a la derecha, y la vi. Era Ada Falcón, "La Reina del Tango". El disco había sido grabado en París por Gardel. Su foto estaba en la tapa de ese disco que tenía frente a mí.
    En ese momento me di cuenta de que mi abuela había pasado por ahí. Era Ada Falcón. Su mirada dramática y su maquillaje me lo transmitieron. La misma sombra sobre sus pestañas y el mismo lápiz rojo que enmarcaba sus labios perfectos, sin ningún detalle descuidado. Se había maquillado para que no supieran quién era. Antes de venir aquí, tomó ese barco desde Italia y nunca le contó a nadie que se había cambiado el nombre antes de venir. Mi papá lo sabía. Nunca nos lo dijo. Pero quiso que yo lo supiera. Ese camino en la Habana me lo mostró. No se lo cuenten a nadie. Nadie se los va a creer.

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Por Claudio Bevilacqua

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