Memorabilia


Comiendo en "Bei-Shu"

    Dos jóvenes cariocas entran a un restaurante japonés, distinto a otros de ese barrio, y a cualquier restaurante que pueda conocerse en Berlín.
    Rose es joven. Tiene veintitrés años. Es delgada y está bronceada. Su pelo es lacio y muy negro. Está vestida con un pantalón negro ajustado, como los que usan casi todas las mujeres de su edad. La camisa que lleva también es negra. El color de su ropa es un fiel reflejo de su interioridad.
    Lo único claro en ella es su piel suavísima, y un anillo que lleva en el dedo pulgar. No usa reloj. Si lo hiciera, se sentiría vieja. Felipe, su novio, de veinticinco años, es un poco más alto que Rose, pero no sólo la supera a ella en altura, sino en edad. Y -si se los observa bien-, en actitud. Sin duda, está a cargo de ella. Basta con observarlos un instante.
    Eligieron ese restaurante para sentirse más cerca de su casa. Bei-Shu es un pequeño restaurante japonés. El barrio casi no recibe visitas de turistas.
    Están sentados en una mesa pequeña, al lado de la mía. Al llegar, eligieron una mesa de cuatro. Deben esperar a alguien más. Sin hablarse, miran el menú. De pronto, se les suma Silvio, jefe de un Servicio de Seguridad. Los tres se miran. Acuerdan hablar en voz baja y en portugués. El portugués es para lo berlineses lo que el chino para un porteño: incomprensible. Se sienten cómodos así. Y confiados. Poco a poco, alzan más y más la voz. Los interrumpe un timbreo de celular. Felipe atiende. Es su padre. Que habla y habla. Pasan los minutos. Felipe se pone nervioso, gesticula. Transpira. Los otros dos comensales permanecen mudos. Silvio come.
    La llamada se corta. Felipe saca otro teléfono celular del bolsillo del pantalón. Es nuevamente su padre. Es imposible evadirlo. Él siempre volverá a llamar, una y otra vez. El número en la pequeña pantalla del adminúculo es 34947648. Felipe no lo tiene agendado, porque no es necesario. Es el número que él siempre atiende. Se siente obligado a hacerlo. De lo contrario, su padre no se lo perdonaría. Felipe juega ahora con los palitos de comer (chopsticks), y se los cruza en la boca. El jefe de Seguridad agarra su celular y habla en clave para que nadie entienda la conversación. Luego corta.
    Felipe supone que su papá atraviesa un problema legal. No sería la primera vez. Pero intuye que ahora es peor. Que puede quedar preso de por vida. "Tengo que salvarlo", piensa, y alza la vista al techo.
    El padre le pide que reciba, "sí o sí", a un Jefe de Policía que fue su compañero en la escuela. "Él está en el restaurante Bei-Shu, comiendo con dos personas más", le dice.
    Afuera, frente al restaurante, se detiene un auto gris. Baja un hombre de más de sesenta años, con un traje de color gris. Felipe apaga el teléfono. Nadie sabe si fue él quien cortó, o si fue su padre, temeroso quizás de que el hombre de gris adivinara que su hijo Felipe hablaba en ese momento con él.
    Dentro del auto estacionado quedó al volante el chofer de Bei-Shu. Ahora, Felipe, Silvio y Beijo, hablan, o más bien, susurran. Nadie debe entender el portugués allí (piensan), pero nunca se sabe. Acuerdan que la madre de Felipe no se entere de nada, y que lo mejor es que la buena mujer siga mirando televisión en su casa, ajena a todo. Ahora, en su casa, ella está mirando una novela en Canal Globo, que ya vio el año pasado.
    Vuelve a sonar el teléfono celular de Felipe… ¿Pero es que no lo había apagado? El celular ha sonado de todos modos. Felipe atiende sin decir "hola", ni nada. Deja el aparato en la mesa y conecta el speaker. Mira la hora. Lleva puesto un enorme reloj blanco.
    La voz del padre resuena en el pequeño salón. A Felipe no le importa que otros oigan. Ni a Silvio, ni a Beijo, ni a Rose… Después de todo… ¿Quién puede entender el portugués en un restaurante japonés de Berlín? Fuera de ellos, nadie. Así que ya no hablan en voz baja. Y hasta pusieron a resonar la voz de "el padre" en el altavoz del celular.
    El padre de Felipe habla y habla. Su hijo y los demás miran el aparato.
    El padre dice una última palabra, y corta.
    Felipe, a pesar de que su padre ya no está en línea, dice tan solo, en voz baja: "Taontá". Que en portugués significa: "Está bien".

  • Claudio Bevilacqua
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Por Claudio Bevilacqua

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