Memorabilia


1987 - Cerezos en Flor

    Hace un rato llegué a Tokio. Estoy muy cansado. Agotado. Desorientado. Hace unos años gané en la escuela un torneo de ajedrez y hoy no me acuerdo ni el nombre de las piezas, ni cómo se mueven.
    Tardé en reconocer que las piezas del juego eran otras. Eran las del go. Y no sabía jugar. Aprenderlo (pensé) me iba a llevar tiempo. Las piezas eran de otro color, y tenían otra forma.
    Había visto algunas películas japonesas, pero eso no me ayudaba a orientarme ni a entender casi nada. Mi imaginación creó una fantasía de cómo era Japón, y yo creí que eso era lo que iba a encontrar. Los recuerdos de las películas que vi hace unos años, mi cerebro los fue transformando, y creí que iba a encontrarme con eso.
    Encontré otra cosa. Les cuento.
    Del hotel al que fui prefiero no hablar hoy. Mejor otro día. Lo único que entendí es que me miraban raro y echaban incienso cuando ingresaba a algún lugar. Sí. Me di cuenta de que necesitaban perfumar el ambiente cuando entraba. Yo me creía muy limpio. Pero allí noté que ellos me veían como a un extranjero que olía mal. También me enteré de que a los occidentales nos llaman "ojos de vaca". Piensan que la forma de las órbitas de nuestros ojos es igual a la de las vacas.
    Pero voy al grano. Quiero que sepan cómo conocí a la Sra. Nosé.
    Esa fría mañana, yo caminaba con la guía de viajes que había comprado. La tenía en la mano. Desde hacía más de dos horas, intentaba llegar al destino elegido por mí.
    Abrí el mapa, que estaba casi todo escrito con otros signos gráficos. No era alfabético. Ahí me enteré de que los símbolos eran kana o kanji. En el colegio, había estudiado un año de idioma japonés, que era una opción que me gustaba, pero nunca lo entendí. El mapa no tenía un nombre escrito en letras entendibles para mí. Solamente los títulos grandes eran comprensibles. "Tokio" se entendía. El nombre de los barrios también. Pero nada más.
    Fiel a mi estilo, caminaba y leía sosteniendo el mapa en la mano izquierda y el libro en la derecha. Me cuidaba de seguir la ruta que me había marcado. Era para mí casi imposible. Me detuve, y una señora muy mayor se acercó a mí por detrás y, con su dedo pulgar, me dio dos golpecitos casi imperceptibles en el hombro derecho. Me di vuelta y la miré. No me habló. Vestía un kimono de un color verde azulado muy claro.
    Usaba el pelo recogido y me parecía que usaba unos palitos chinos para sostenerse el rodete de pelo negro. Muy, muy negro. Era muy viejita, pero no tenía canas. Usaba sandalias, y medias blancas. Pensé que, quizás, las había comprado recientemente (a las sandalias), y que las estaba estrenando esa mañana.
    Me hizo una suave reverencia que yo entendí muy bien, al igual que su saludo, y me dio lo que se me había caído sin que me diera cuenta. Solo le dije: "Domo Arigató" (muchas gracias). Esbocé una sonrisa y le hice una reverencia. Ella me correspondió y siguió su camino.
    Lo que se me había caído, era un billete de cinco yenes. Decidí usarlos para tomarme un tecito japonés que me costó cuatro yenes y medio.
    La tacita no tenía mango. El té estaba bien caliente. Lo sostuve por la parte de arriba, para no quemarme.
    Alcé apenas la tacita, y brindé por la Sra. Nosé y por los cerezos en flor.
    No sé si la señora Nosé, o los cerezos en flor, habrán percibido mi brindis.

  • Claudio Bevilacqua
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Por Claudio Bevilacqua

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