Memorabilia


¿Qué me pasó en Lisboa?

    Estoy en Lisboa y quiero encontrar a Richard. ¿Por qué?
    Porque es el traductor de mi escritor favorito. Sí, de Fernando Pessoa. Ése que usaba diferentes nombres y decía que no era una sola persona, sino varias, según cómo, cuándo y dónde estuviera. Toda mi vida coincidí con él.
    ¿Qué tiene que ver Richard con Pessoa? Les cuento...
    Una tarde de invierno de 1979, yo salía del colegio. Tenía 18 años. Plena dictadura y a una cuadra de Plaza de Mayo.
    Cuando salía del colegio, siempre iba a tomarme el subte para volver a casa. Antes de entrar a la Estación Bolívar, me paró un muchacho y me preguntó:
    "¿Dónde está el Obelisco?". Y como yo justo vivía a dos cuadras del obelisco, le dije que tomara el subte conmigo y así le mostraría dónde debía bajar. Así, entramos los dos a la estación. Él compró su cospel. Yo ya tenía el mío.
    Richard se bajó en la estación 9 de Julio, y yo en la siguiente: Uruguay. Pero antes de que se bajara, saqué una hoja de papel de mi mochila y le escribí el número de teléfono de mi casa: 46-6947. Nos dimos la mano. Arreglamos una salida. El sábado iríamos a comernos una pizza a Banchero.
    Así fue. Nos encontramos en Banchero. Sí, esa que sigue estando en la esquina de Corrientes y Talcahuano, al lado del Teatro Cómico. Creo que hablamos unas dos horas. Compartimos la más barata, la de muzzarella. Los dos nos tomamos una coca.
    Richard me contó que ése era su primer viaje a Argentina. Su acento era raro. Le conté que no había viajado más que a Mar del Plata y a Rosario. Que mi sueño era viajar. Que apenas terminara el colegio iba a empezar a laburar porque la plata tenía que salir de mi bolsillo, no del de mis viejos. Ya sabía que al día siguiente de terminar la secundaria iba a tener que empezar a trabajar.
    Igual, yo ya viajaba mucho en mis fantasías los sábados y domingos. Hacía remo en el Tigre todos los fines de semana en el Rowing Club Argentino y me quedaba a dormir ahí los sábados. Le propuse viajar juntos el sábado de la semana siguiente. Nunca le pregunté dónde estaba parando en Buenos Aires, y él tampoco me lo contó. Yo estaba seguro de que era por ahí. Por el centro. No me lo imaginaba más lejos.
    El sábado 3 de agosto de 1979, a las siete y media de la mañana, nos encontramos en la Estación Retiro. Llegamos a la estación de Tigre una hora después.
    Cruzamos las vías y emprendimos una caminata de unos veinte minutos. Frente a la estación, cruzamos el puente. El club estaba del otro lado del Río Luján.
    En la Avenida Victorica doblamos a la izquierda. Caminamos rápido siguiendo el río. Llegamos al club y nos cambiamos para salir en el bote. Richard no se imaginaba que existiera ese lugar. Se lo veía entusiasmado y boquiabierto. Sacamos el bote usando las vías chiquitas, una de las cuales sostenía el bote mientras lo tirábamos de una cuerda que estaba en la proa. La bandera del club era a rayas verticales negras y rojas. Había un banderín muy limpio izado siempre en la puerta. Era casi igual a la camiseta de Independiente.
    Yo era el remero de aquella salida. Lo nombré mi timonel. Quería que conociera lo que más me gustaba a mí en esa época: los enredados y casi desconocidos canales del Tigre, y sus casas sin luz eléctrica. El estilo de las casas se llamaba "pintoresquita". Lo había aprendido en el colegio. Eran las que me gustaban a mí. Soñaba con tener algún día una con mi bote a remo atado a la margen del río. No se lo decía a nadie, pero sentía que mi esencia era pintoresquita.
    Cuarenta años después quería volver a explorar con él esos ríos y canales.
    Pero ya no en el Tigre, sino en esa hoja de mi me moria que todavía tenía en blanco. Para lograrlo tuve que viajar a Lisboa. En una de esas tenía la suerte que esperaba: encontrar a Richard.
    El destino y mi constancia exploradora hicieron que lo encontrara.
    Pude llenar esa página que estaba en blanco. Ahora está llena de colores distintos. El rojo, el verde, el azul y el anaranjado fuerte son mis preferidos. Los grises, amarillos, los rosados y los fucsias no los tolero. Son muy lavados. Necesito colores fuertes.
    Ahora me toca pensar qué páginas de mi libro me falta colorear.
    Ya empecé. Otro día les cuento.

  • Claudio Bevilacqua
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Por Claudio Bevilacqua

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