Memorabilia


Mi abuela cambió su nombre

    Nunca conocí a mi abuelo paterno. Se llamaba igual que mi papá, Eduardo. Su esposa, Susana, a la que mi hermano y yo la llamábamos abueli Queta, era diferente a las abuelas de mis compañeros de la primaria.
    Se había casado en 1922 con un bancario. Estaba jubilada desde mucho antes que yo naciera.
    En aquella época, ser bancario era un como un título casi universitario. Garantizaba una vejez muy tranquila, al menos en su ingreso mensual, que no era poca cosa.
    Como a mí y a mi papá, a ella le gustaba mucho viajar. El trabajo ideal para ella hubiera sido azafata. Pero no existían los aviones comerciales cuando era joven así que ni se le ocurrió elegir esa profesión.
    Era la única abuela que en mi clase de los primeros años de la escuela primaria se tomaba vacaciones dos veces por año. En invierno y en verano.
    Se tomaba un mes en invierno recorriendo lugares que nunca le contó a nadie. O, al menos en casa, no sabíamos nada. Esos lugares, contaba mi papá que estaban en Chile. Era un secreto. Algo había allí.
    Se lo respiraba. Y no lo contaban. Pero nadie lo preguntaba.
    Fue con ella que viajé en tren a Santa Fé. La abueli Queta quería que yo conociera a su amiga de la infancia, Carmela. Se había casado con un santafecino. Decidió irse a vivir allí. Desde hacía años estaba viuda y nos recibió a nosotros dos en su casa grande, con un living, un comedor, tres cuartos y dos baños. Usaba dentro de la casa patines para caminar. El parquet estaba recién lustrado. Se ve que usaban la misma cera que en casa. La que venía en unos envases metálicos redondos de color rojo sangriento. En su envase se leía "cera Suiza color natural".
    Lo único que yo había escuchado de Carmela era que vivía en el interior y que su apellido era Operti. Al menos así aparecía en la firma de las postales que mandaba para fin de año. También vi todos los días de mi infancia una foto en blanco y negro que se sacaron juntas. Las dos con anteojos de sol. Se las veía serias y con sus labios maquillados. Usaban anteojos para sol que les tapaban hasta las cejas.
    Siempre estuvo esa pequeña fotografía sobre su mesita de luz. Después que murió, desapareció ese inquietante retrato. Alguien no quiso que estuviese más acompañándonos. Ni siquiera la encontré en la caja de fotos en la que guardaban sus historias.
    Mi abuela llamaba "Carmi" a su amiga de Santa Fé. Era verano. La primera semana de febrero y yo estaba de vacaciones. Salimos de su departamento en la avenida Corrientes cerquita del Obelisco. Levantó su brazo derecho haciéndole una seña a un Peugeot 404. Era negro con el techo amarillo. Le dijo al chofer: "Buenos días, nos lleva a la estación de Retiro, por favor".
    No hablamos una sola palabra en el taxi. Abrió su cartera y sacó tres billetes para pagar. Recibió el vuelto y le pidió al conductor que le alcance el equipaje. Lo había preparado ella misma tres días antes.
    Eran dos valijas de cuero idénticas en el exterior pero muy diferentes en el interior. La que tenía todas sus cosas incluía una serie de maquillajes, ruleros, pinzas, esmaltes y tantas otras que ya ni recuerdo. Solo sé que ocupaban casi todo el espacio. Mi pantalón corto, mi dos remeras, mis dos calzoncillos y mis medias entraban en un pequeño rinconcito del equipaje.
    Entramos en la estación. Era un lugar gigante. Sacó los boletos que ya había comprado. Estaban dentro de su cartera de color rojo. El tono que siempre elegía se llamaba Crimson. Nos repetía que ése era el que prefería y que hacía juego con su personalidad. Era casi igual al de la locomotora del ferrocarril en que nos subimos.
    Como regalo, le había comprado a Carmi dos inmaculados mazos de cartas. No eran las cartas comunes que yo tenía en casa y había aprendido a jugar al chinchón o a la escoba de quince. Eran otros los símbolos.
    Me dijo que la había comprado en uno de esos pequeños negocios que vendían de todo en la calle Libertad entre Corrientes y Lavalle. El envoltorio tenía un moño plateado muy llamativo. Era el tamaño perfecto para que entrara en su pequeña valija.
    El tren salió esa noche y llegamos a Santa Fé a la mañana siguiente.
    Al rato de salir, nos fuimos rápido al vagón comedor. Y después me llevó a dormir. Ella se había puesto un vestido negro escotado y muchos collares blancos. Parecía que íbamos a viajar en el Expreso de Oriente y no en Ferrocarriles Argentinos. Siempre usó zapatos negros de tacos altos y salía bien maquillada. Muy sobria, pero muy visible. Ella se miraba al espejo y lo sabía. Si no estaba preparada para que sus ojos verificaran sus rasgos y dieran su aprobación frente a ese espejo, no salía de su casa.
    Nunca nos habló una sola palabra sobre su marido. De aquel que lo único que sabíamos era que había sido bancario. No guardó ni quedó en ningún rincón una sola foto de él, ni de su casamiento. De eso, en mi casa, nunca se habló.
    En esta foto que estoy mirando ahora, que es de 1950, donde mami y papi se estaban casando, el que acompaña a mi abuela era otro, muy elegante, pero no el bancario. No era mi abuelo. No sé quién fue y ya no tengo a quién preguntarle. Ese desconocido tenía un lugar importante para ella.
    Mi abuela me acompañaba siempre a la escuela, salvo aquel día, unos meses después de volver del viaje a Santa Fé que recién les conté. Ya me habían enseñado cómo regresar solo a casa. Cuando volví de la escuela ese martes, Aramí, la señora que trabajaba en casa me dijo que la habían llevado a un hospital psiquiátrico en las afueras de Buenos Aires. En realidad me dijo que la habían llevado a un hospital para los locos, tal como estaba mi abuela.
    Y agregó: "No se lo cuentes a nadie, ya te lo van a decir".
    Aunque lo que me contaron fue que se había ido de viaje por un tiempo y que como yo estaba en la escuela estudiando, me dejó un beso grande, grande.
    De eso tampoco se hablaba en casa. Creo que estuvo internada unos siete u ocho meses.
    Mi papá la fue a buscar en su Citroën de color ocre. La trajo de nuevo a casa. Advertí que no era la misma. Su rostro era idéntico. También sus huellas dactilares.
    Pero su mirada ya no. Me hablaba usando otro lenguaje, nuevo. No era más la abuela que yo conocía. Vivió algo parecido a mí: nació dos veces. Se había reencarnado en una mujer nueva.
    Estaba acostada casi todo el día y comía poco.
    Como mis viejos estaban en la perfumería todo el día, le pidieron a Arami que viniese a casa de lunes a viernes. Había nacido en Paraguay y era renga de su pierna izquierda. Mientras ella cocinaba, yo hacía mis deberes o jugaba al cerebro mágico. Y después de almorzar , me puse el guardapolvo blanco, agarré mi portafolios negro, y caminé solo hasta la escuela Roca que quedaba a tres cuadras. Había pasado a tercer grado. Como estaba frente al Teatro Colón, en el aula siempre nos matábamos de risa imitando a esas locas que gritaban una detrás de otra. A veces tocaba el timbre para salir al recreo y cuando volvíamos del patio seguían gritando. No se les entendía nada. Pensábamos que las estaban matando una a una, día tras día. Hasta que una tarde la Señorita Susana nos dijo que no hiciéramos ningún ruido y escucháramos bien porque era un aria de la Bohème de Puccini.
    El único que hizo una mueca fue Marcelo, el pelirrojo. Los demás no hicimos nada y dejó de ser un tema para reírnos. Lo cambiamos por otro.
    Un día volví a casa. Arami ya no estaba. La abueli Queta me pidió que le cambie de canal. No tenía ganas de pararse. Tampoco entendía cómo se usaba el control remoto que tenía unas diez teclas. Era una novedad en todo el edificio. Creía que era mágico que se apretara un botón y el televisor cambiara de canal sin tener que pararse. Después que terminó, me preparó un Toddy.
    Estaba sentada al lado mío. Me contó que ella había nacido en Génova, Italia, en 1896. Que apenas llegó a Buenos Aires sacó el documento argentino. No le gustó nunca cuando se referían a ella como "la tana". Me dijo que era socialista. No entendí que era eso. No se lo pregunté.
    Me pidió que le jurara que iba a guardar los tres secretos que me iba a revelar esa tarde. Se lo juré, así que lo que les voy a contar es un pecado. Pero como ya pasó y el juramento tiene más de cincuenta años, no sé si sigue vigente. Por las dudas, dejen de leer aquí. Para los que decidan seguir leyendo, les cuento los tres secretos.
    El primero era que ella había pasado por Cuba antes de venir a Buenos Aires.
    Allí, había cantado en un teatro a su compositor favorito, Franco Alfano. No me dijo cuanto tiempo vivió allí. Solo me dijo que su profesión en Cuba era la de cantante. Quizás era eso lo que mi papá no le gustaba. No había ninguna foto, ni conversación sobre ese tema. Nunca lo contó a nadie en casa. Esa historia murió con ella.
    El segundo secreto fue que mi abuela me veía raro, diferente. Que me fijara bien antes de hacer algo. No me dijo qué.
    El tercero, que su nombre era otro y se lo había cambiado en Cuba. Allí hacía algo que necesitó que se cambiara de nombre.
    No sé cual fue el anterior, ni a qué se dedicaba para vivir.
    Ojalá lo averigüe. Y si se los puedo contar, mejor.

  • Claudio Bevilacqua
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Por Claudio Bevilacqua

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