Memorabilia


¿Chicken or pasta?

    Hoy es jueves 9 de febrero de 1995. El día está muy frío aquí, en Manhattan. Anunciaron recién que va a nevar hoy a la noche y mañana también. Es casi mediodía y tengo que ir a traducir el artículo que me pidieron de Buenos Aires.
    No tengo muchas ganas de salir más que a tomarme un café con leche y un bagel aquí enfrente. Pero no funciona mi computadora. Le avisé a mi amigo Charly que voy hasta su oficina. Me va a prestar la suya hasta mañana.
    El sábado voy a ir a la tienda J&R. Recién vi una publicidad en el diario que avisa que ese día van a tener un cincuenta por ciento de descuento en las usadas con garantía de un año.
    Tengo que elegir y traducir al castellano un artículo del diario de hoy. Y después mandárselos por fax. Éste es mi único trabajo de hoy. De todos modos, tengo que estar alerta al teléfono rojo. El jefe puede querer hablar conmigo durante las veinticuatro horas y tengo la obligación de atenderlo.
    Llamo al ascensor. Estoy en el sexto piso. Estoy bajando. Para en el tercer piso. Entra Denise, la vecina del 3ro F. Hace unas semanas fue su cumpleaños y me invitó a su fiesta, que se hizo en su casa, entre las cinco de la tarde a las ocho. Así, con un horario muy estricto. Uno podía llegar a las ocho menos veinte, pero a las ocho en punto tenía que irse.
    Es fantástica Denise. Es muy, muy rara. No se viste acorde a su forma de hablar. Vive todavía con sus padres. Tiene 24 años. Cambió de carrera un par de veces y ya no tenía más crédito. Tuvo que volver a la casa de sus viejos, mis vecinos del 3ro, para no tener que pagar alquiler.
    El ascensor paró en la planta baja, y cuando se cerró la puerta me dijo que quería pedirme un favor. Le dije que sí, sin saber qué me iba a pedir. Me dijo que la acompañara a un lugar porque estaba buscando trabajo y necesitaba mi ayuda. A la tarde me iba a contar.
    Fui a la oficina que me habían prestado. Tenían tres máquinas eléctricas IBM de color verde musgo. En dos estaban escribiendo y había una libre. Fue esa la que me prestaron.
    Allí empecé a traducir una nota que me interesó, acerca de un experimento con ratas, a las que infectaban con una droga que les producía rápidamente Alzheimer. Eso ayudaría después en seres humanos. Nunca me imaginé que más de veinte años después mi madre sufriría de un Alzheimer fulminante (todavía las ratas no habían encontrado los medicamentos para curarlo).
    Volví a casa unas horas después. Lo primero que hice fue mandar mi traducción impresa usando el fax.
    Toqué el timbre en el departamento de Denise y me dijo que quería bajar y tomar un café para contarme. Los dos pedimos lo mismo: "Coffee with milk and no sugar, please". Y ahí empezó a contarme lo que necesitaba.
    El lunes siguiente, a las diez de la mañana tenía que acompañarla al Hotel Hilton, en donde le iban a hacer una entrevista para el trabajo de azafata de la línea aérea Continental. Le dije que sí, pero no tenía idea de cómo era una entrevista para esa tarea. Quedamos en encontrarnos a las nueve en la puerta del edificio, para ir caminado al Hilton a pie, durante unos veinte minutos.
    Por suerte no llovía y la nevada había sido solo el viernes. La acompañé a buscar su buen trabajo. Frente al hotel tomamos un cafecito de esos horribles que servían en Estados Unidos. Parecían agua sucia. Pero igual lo tomaba sin problemas.
    Ella estaba muy nerviosa. Yo, al contrario, estaba tranquilo.
    Cuando nos acercamos al escritorio que habían colocado frente a una sala para hacer las entrevistas, un cartel anunciaba que solamente podían entrar las personas que buscaran trabajo como auxiliares de vuelo.
    Tuve que decir que yo buscaba ese trabajo porque si no, no podría haber entrado.
    Los dos llenamos a mano las dos las planillas que nos dieron. Las entregamos y nos dijeron que los hombres iban para un lado y las mujeres para otro.
    Entonces me puse un poco nervioso porque no me imaginaba qué me iban a preguntar.
    La joven que me llamó por mi nombre y apellido, lo pronunció clódio befeláqua. Con un gesto de bailarina de su mano derecha, me indicó que me sentara frente a ella en su pequeño escritorio de fórmica blanca. Su manos, etéreas, tenían las uñas recién pintadas del mismo color del salmón que yo había comido la noche anterior. Con ellas sostenía el formulario que había completado unos veinte minutos antes. Lo leyó rápidamente mientras tildaba suavemente con una birome negra mis respuestas.
    Con un tono dulce y muy entrenado, comenzó por preguntarme si tenía alguna experiencia en el sector aerocomercial. Qué trabajo tenía, y si había viajado alguna vez al exterior, más allá de la ciudad en la que había nacido. Si además del inglés hablaba alguna otra lengua extranjera.
    Estoy seguro de que mi tono de voz le sonaba a extranjero, pero no sabía de dónde era. Me preguntó algunas cosas más que no recuerdo y que por eso deben haber sido descartadas de mi disco rígido.
    Creo que le llamó la atención las diferentes lenguas en las que le dije que me comunicaba. Quiso ahondar en detalles como por ejemplo, dónde las había aprendido, qué nivel tenía para comunicarme verbalmente en esos idiomas, y finalmente, por qué estaba buscando ese trabajo.
    En ese instante creé un personaje acorde con la situación a la que me enfrentaba, fiel al estilo de mi autor favorito. Sí, de Fernando Pessoa.
    Le respondí que me gustaba viajar y que trabajar allí me permitiría comunicarme con gente que hablaba otras lenguas, más allá del inglés. Que mis abuelos eran catalanes y que por mi parte paterna descendía de italianos. Que en la escuela secundaria había estudiado, durante seis años, francés y latín. Y que había tomado clases de japonés y griego antiguo en el colegio. También le conté que había terminado el curso de idioma portugués que duró tres años.
    Sentí que mi actuación fue magnífica, porque en ese instante me dijo que iba a tener que quedarme a conversar con otra persona.
    Me imaginé que la que aparecería sería una mujer mayor y robusta. Pero me equivoqué, era una joven de más o menos la misma edad que la anterior, pero muy delgada. Su cuerpo parecía el de una bailarina de ballet. Tenía una sonrisa impostada todo el tiempo. Me hablaba rápidamente. Eso me hizo pensar que ya había tenido que actuar ese papel miles de veces.
    Me dijo que estaban buscando cubrir nuevos empleos en Continental. Que ampliaban sus rutas a Europa y por eso buscaban gente que hablara otras lenguas.
    Nunca le dije que hacía un par de años atrás había terminado con dos posgrados en la Universidad de Columbia en la carrera de Lingüística Aplicada. El papel que estaba cumpliendo Fernando Pessoa en esa entrevista era uno nuevo.
    Me salió bien. Me dijo que me presentara el miércoles por la mañana, que me iban a informar su decisión. Me dijo textualmente, que "tenían que ver a todos los otros postulantes que acudieran".
    Cuando salí, Denise ya no estaba. Pensé que como sólo hablaba inglés, el puesto no era para ella. Me sentí mal al principio. No supe qué hacer. Si cuando llegara a mi casa tenía que tocarle el timbre o no. No lo hice. Temía que el sueño que ella esperaba tener, lo estaba viviendo yo. Ese sueño se convertiría para ella en pesadilla. Y me sentía un poco responsable.
    Me costó mucho dormir, pese a que no sabía cómo iba a continuar mi vida. Si como traductor de un periódico, como profesor de lingüística o como comisario de abordo. Todas las opciones tenían algo bueno, pero ésta que había vivido ese día, me ponía en una situación de traicionar a Denise.
    La noche hizo que el tsunami de ideas que me arrastraba aplacara su furia.
    Al día siguiente tomé coraje y aunque no sabía cómo explicarle, le conté lo que pasó.
    Me contó que cuando le preguntaron si hablaba algún idioma más allá del inglés, dijo que le gustaban todos, pero que todavía no había estudiado ninguno.
    La tomé de la mano y le dije que si me convocaban a trabajar en Continental Airlines, el primer pasaje que consiguiera se lo daría a ella para que pudiera conocer Buenos Aires, y a mi familia, y que podría quedarse a dormir en el departamento de mi mamá.
    Con mi nuevo uniforme y llevando un pequeño maletín negro, le dije que ya tenía los pasajes para viajar juntos a conocer mi ciudad.
    Cuando llegamos allí, nadie entendió qué pasaba entre nosotros. No nos preguntaron nada. En mi familia nadie hablaba inglés y Denise no hablaba castellano. Yo era el traductor y mis versiones de la situación, creo, dejaron a todos contentos.
    Nunca supe qué pensaron. De lo que sí estoy seguro, es que esa semana de primavera en Buenos Aires, Fernando Pessoa hizo muy bien su trabajo.

  • Claudio Bevilacqua