Memorabilia


Pura miel

    Estoy en Ezeiza. Hoy es lunes 5 de mayo de 1980. Éste va a ser mi primer viaje afuera del país. Un mes atrás cumplí veinte años. Tuve que pedirles a mis padres, con los que sigo viviendo, que me firmen este bendito permiso de viaje. El año que viene voy a irme a vivir solo. Ya puedo.
    Hoy me siento un adulto en serio. Me afeito todos los días desde hace un par de años, pero este documento me agregó muchos años que no los ve nadie que me mire. Solo yo lo sé. Creo que voy a ver todo diferente. Por fin, desde otro lugar.
    Este papel que tengo en mi mano, ahora me alcanza para lograr que mis sueños puedan ser reales sin tener que pedirle permiso a nadie más que a mí.
    Cuando era chico, en la biblioteca de mi casa había un librito español que lo había escrito un tal "Who?". Se llamaba "Los Papeles Mágicos". Era el volumen número ocho de la biblioteca de juegos, prestidigitación, ilusionismo y…
    Los puntos suspensivos me avisaron que este papel que ahora tengo en mis manos, lo había ideado un autor español de nombre… Who?
    Nunca me imaginé que un nombre podría terminar con un signo de interrogación. Hasta ahora, en castellano sólo conocía las letras del abecedario y no una letra que se parezca a un símbolo. Me imagino que en el siglo 21, los símbolos @, & y # van a convertirse en letras del abecedario. Si llego vivo, ya les voy a contar.
    Vuelvo a mi historia.
    Organicé la firma de ese documento en el estudio de Silvana. Fuimos los tres: mami, papi y yo, a su oficina de la calle Viamonte y Talcahuano.
    La firma fue al mediodía. Era justo el horario del almuerzo y así fue más fácil para todos. Para ellos que salían a almorzar y para mí que trabajaba desde hacía cinco meses en la financiera Corfinsa, que quedaba a dos cuadras de la escribanía.
    Silvana nos saludó dándonos la mano. No había besos en ese acto. Leyó un escrito que tenía menos de una página. La firmó primero mi mamá, después mi papá y finalmente Silvana. Le puso unos sellos y se la guardó para registrarla en el Colegio de Escribanos. No me acuerdo cuánto duró, pero a los pocos días pasé a buscar ese documento tan deseado.
    Sentí que ya estaba caminando debajo del dintel y sobre el umbral de ese portón mágico que se abría. Salí a la calle con el pecho erguido y la frente bien alta. Había cambiado. No era más un pichón. Me había convertido en un águila. Ya podía volar y no sólo en mis sueños, sino en esta vida.
    El viaje que elegí, me lo pagué con mi sueldo. No había en esa época tarjetas de crédito aquí.
    Mi trabajo lo hacía en el departamento de personal de una financiera que se llamaba Corfinsa. Era la Corporación Financiera Santiagueña. De ahí su nombre.
    En esa área trabajábamos dos. Mi jefa (una mujer de la edad de mi mamá que se llamaba "Dorita"), y yo. Dorita no hacía nada más que darme instrucciones de cómo hacer los recibos de sueldo de casi un centenar de empleados. Tenía que escribir un montón de cartas en la Olivetti, usar un carbónico y archivarlas todas. Por suerte, unos años antes ya había pasado el examen en la Pitman.
    Entraba en mi trabajo a las nueve de la mañana en punto. Tenía que fichar, subir al tercer piso y sentarme en la silla amarillenta del escritorio de fórmica a esperar que fueran las nueve y media.
    Dorita, sonriente, me decía qué tenía que hacer hasta que fueran las nueve y media, porque tenía que bajar y retirar todas las tarjetas amarillas de aquel triste y muy grande anaquel.
    Delante de él tenía un reloj en la parte exterior de su caja de hierro verde oscura. Lo habían puesto a más o menos a un metro de altura del piso, para que todos llegaran bien a fichar. La expresión de cada uno era parecida a la que había en casa cuando pasaron la película El Exorcista. Nadie sonreía. Teníamos todos una mueca de terror que se palpaba y respiraba.
    Quien llegaba más de media hora después de las nueve, tenía que pasar por mi escritorio a retirar su tarjeta amarillenta. Tenía que escribirle la hora a mano con aquel marcador rojo sangriento.
    Cada uno quería contarme el motivo de su llegada tarde al trabajo, pero yo tenía instrucciones precisas de Dorita de no hablarles y de hacerles un gesto con mi cabeza. Mi papel era el de representar, unas veinte o treinta veces cada mañana, a un personaje diabólico. La catalogué como una de las más horribles obras de teatro en la que me tocó actuar a los veinte años.
    Dorita tomaba té. Se lo traía una señora de guardapolvo blanco en una bandeja. A mí me servía café. Lo traía en un termo color terroso oscuro que hacía juego con la bebida que estaba sirviendo. Me parece que las tazas no las lavaban porque antes de servir el café, su hipotético interior blanco era amarronado.
    En definitiva, el termo, las tazas y el líquido que pretendía ser café, tenían el mismo color. Sólo el azúcar les cambiaba el gusto. Era esa la bebida o nada. Tenía casi el mismo color y sabor que el mate cocido que servían en la escuela primaria.
    Así trabajé ocho meses hasta que llegaron mis vacaciones. Y sí, decidí viajar a Río de Janeiro.
    En una de las cajas de la financiera en la que estaba trabajando, cambié mi sueldo en Pesos Ley 18.188 por cruceiros brasileros. Me gustaba el billete de mil porque tenía el mismo color de los dólares norteamericanos. Y me imaginaba tener en mis manos varios billetes de mil dólares para salir a gastarlos en la noche de Río.
    Compré mi pasaje de avión y la estadía en ese hotel que parecía bastante moderno. Quedaba en la playa de Copacabana. En la agencia de viajes me lo recomendaron porque tenían precios muy baratos. Era casi igual al Hotel República que estaba frente al Obelisco.
    Me tocó el Hotel Praia de… no me acuerdo qué. Quedaba a dos cuadras del mar. En esa "cidade maravilhosa, cheia de encantos mil", todo me parecía regalado. Mi sueldo en cruceiros era altísimo. En Pesos Ley 18.188 era muy bajo. Pude comprarle a mi papá el regalo para su próximo cumpleaños.
    Era el primer regalo comprado con plata ganada por mí.
    Le compré un reloj pulsera mecánico Seiko en una tienda sobre la Avenida Atlántica. Su malla era de cuero negro. Su cubierta cristalina lo hacía resistente. La cara del reloj era blanca con unas rayitas negras y sin números que marcaran las horas. Un pequeño rectángulo, a la derecha del cristal, mostraba la fecha. Tenía ganas de que mi papá cambiara ese reloj medieval que había comprado cuando se casó en 1950.
    El otro regalo que elegí fue un long play de Roberto Carlos. Era para mi mamá, que era una admiradora de su música. Creo que era lo único que le gustaba de Brasil. Lo diferente de ese disco, era que todas las canciones estaban cantadas por él en portugués, no en la versión en castellano que se escuchaba en la radio.
    Para mí me compré un long play de María Bêthania que acababa de salir. Se llamaba Mel y desde entonces tarareo esa canción que quedó grabada en mi disco duro del cerebro… En ella, Bêthania le canta a una abeja reina, y le pide que la haga un instrumento de su placer y de su gloria.
    Eso me dejó aquél primer viaje. Seguir buscando una abeja reina que haga eso conmigo.
    Cuando la encuentre, les aviso. No sé dónde será.

  • Claudio Bevilacqua