Memorabilia


Abuela Fina

    En 1898, los abuelos de mi mamá llegaron aquí.
    Vinieron en barco desde Barcelona. Se llamaban Alejandra Matifoll y Pol Matifoll. Ella estaba embarazada de cuatro meses, pero nadie lo sabía. Y así, el 28 de noviembre de 1898, nació en Buenos Aires su hija Josefina.
    Ella, cuando cumplió setenta años, me contó que su nombre se lo había elegido su mamá. La había anotado con un solo nombre, que era imperial. Sí, el de la esposa de Napoleón. Esperaba que se casara con un Emperador. Pero no lo logró. Estábamos solos en mi casa. Esa tarde, me preparó un Toddy riquísimo. Mientras lo revolvía, hacía muecas de frustración y soltaba hondos suspiros.
    Sus padres necesitaban dinero. A ellos, les habían contado que en donde iban a desembarcar, en el puerto de Buenos Aires, entrarían por un río ancho, semejante al mar que habrían de atravesar. Ese amplio y extenso río era una boca inmensa sobre la costa del Atlántico. Su color era castaño y se llamaba "Río de la Plata".
    Lo pudieron hacer.
    Veinte años después, volverían a cruzar el océano para viajar como lo habían soñado. En el barco había vacas que eran ordeñadas para que cada mañana hubiese leche fresca.
    La primera vez que llegaron al puerto de Buenos Aires en calidad de inmigrantes, los esperaba una familia, amiga de sus padres, que también había emigrado a esa tierra de promisión, años atrás.
    A mi abuela Josefina, mi hermano y yo la llamábamos "abueli Fina".
    Desde que llegaron aquí, vivieron en el barrio de Flores. En 1924, conoció al recién llegado Albert Casadevall. Ella seguía esperando a Napoleón.
    En su casa había recibido un mandato tácito: casarse con un catalán. Lo cumplió.
    No eran religiosos. Igual se casaron por iglesia. Mis padres también.
    En casa nunca fuimos a misa. Pero yo quería tomar la Primera Comunión.
    Yo era monaguillo y vestía sotana blanca. Los monaguillos éramos dos, y no faltábamos nunca a la misa. El otro se llamaba Marcelo. Era un año más chico que yo. Nunca lo escuché hablar. Parecía mudo. No lo sé. Después de varios meses, había que confesarse para ser honrados y así poder tomar la Primera Comunión.
    Me confesé con el padre Luis. Era el que daba la misa. Como yo vivía al lado de la iglesia, me dijo que fuera a confesarme una tarde, cuando volviera de la escuela. No sabía qué me iba a preguntar ni qué le tenía que responder.
    Me acerqué a su puerta. Me hizo un gesto suave con su brazo, invitándome a entrar.
    Esa habitación, a la que yo había imaginado grande, en realidad era muy chiquita. Estaba pintada de un blanco inmaculado. Tenía una pequeña ventanita muy bien cerrada.
    Esa ventanita estaba detrás de una cortina, también blanca y bien planchada. Ahí, en ese recinto, casi no entraba la luz del sol, que cuando yo entré, ya estaba cayendo.
    Él no tenía encendido el antiguo velador sobre su escritorio.
    Estaba vestido con su sotana, sentado en una silla de madera oscura.
    Me tomó de la mano. Me hizo dar unos pasos hacia él… Sentí su aliento… Caluroso.
    Tenía puesta una sotana, blanca y pulcra. Abrió bien sus piernas y me acercó a él con un gesto de su mano derecha, y una mirada blanda que nunca le había notado.
    Mis rodillas sintieron que dentro de su sotana tenía algo muy duro. Entonces me apoyó su mano derecha en la nuca por unos segundos y, hablando muy bajo, me bendijo. Parecía susurrar su bendición como un ángel descendido del cielo que limpiaría todos mis pecados.
    Me dijo que ya podía tomar la Comunión. Que iba a ser muy bien recibido por Jesús.
    Tomé la Primera Comunión. Nunca más volví a participar de una misa.

  • Claudio Bevilacqua
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Por Claudio Bevilacqua

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