Memorabilia


El Amanecer

    Ayer a la noche, sábado 25 de febrero de 1950, Eduardo decidió ir a bailar tango.
    Lo acompañó un amigo, Luis Blanco, que vivía también en el centro de Buenos Aires. Habían hecho el servicio militar juntos y, desde entonces, se encontraban de vez en cuando para tratar de conseguir una noche especial, diferente, propicia, sensual, con alguna bonita mujer.
    Café El Nacional era su reducto. Quedaba a cuatro cuadras de su departamento de soltero. En la avenida Corrientes, entre Suipacha y Carlos Pellegrini.
    Ayer pasé por ahí y me di cuenta de que quedaba a pocos metros de la pizzería Los Inmortales.
    Esa misma noche, Nora logró que su madrina, Blanca Ferrer, le regalara algo que necesitaba. Que la acompañara a su soñada salida. Sí, a bailar tango.
    Su cabello, a los veintitrés años, se lo había teñido de un rubio ceniza oscuro, color que la acompañó hasta el final. Justo hoy, se cumplen diez años de ese día.
    Para esa tan deseada noche empezó a prepararse una semana antes. Le gustaba el look de Rita Hayworth. Quiso imitarla en esa velada más que nunca. Siempre contaba que coincidía completamente con la frase que le había escuchado cuando era adolescente: "Todos estamos atados a nuestro destino y no hay modo de escapar a él."
    No le podían faltar ni sus aros de perlas, ni sus guantes, ni aquel cinturón ancho. Siempre decía que el sombrero, la cartera, los zapatos y los guantes con los que se vestía, tenían que hacer juego.
    Si no lo lograba, habría sido imposible encontrar al amor de su vida.
    Nunca aclaró que aquel amor del que hablaba iría cambiando, pero que sus requisitos eran siempre los mismos.
    El divorcio no estaba permitido. Estaba mal visto por la Iglesia y por los creyentes. Tenía que casarse por Iglesia y ésta era una cláusula que se debía cumplir.
    Si era creyente o no, carecía de importancia. En esto fue idéntica a su madre. Nunca fue a misa. Solía ir a los casamientos solamente para ver cómo se vestían los cónyuges y sus familias. Esta era su clave para catalogarlos. Era su forma de pensar si estaban in o estaban out, como dicen ahora. Pero jamás lo contó. Lo daba siempre a entender claramente y en silencio. Su forma de respirar lentamente y de llenar sus pulmones al máximo, nos lo decía sin hablar.
    Su ropa la compró en Harrods. Sí, esa tienda que estaba en la calle Florida, entre Córdoba y Paraguay.
    Cuando se casó, siguió yendo allí. Llevaba a sus dos hijos a cortarse el pelo a esa peluquería, que estaba en el tercer piso. Los dos o tres barberos jugaban haciendo movimientos artísticos con sus tijeras. Lograban mostrarle a todos que eran únicos. Sí, los mejores barberos que había en el mundo.
    El edificio sigue en pie.
    Cuando camino frente a ese lugar se me gatillan en la mente dos palabras que definen un cambio radical. Sí, la del Black Hole o del Agujero Negro. Por lo que entiendo, es un lugar que no tiene partículas, ni masa. En cierta forma, es un lugar que deforma la realidad y que logra tener un efecto del que yo no he logrado escapar cada vez que mis ojos hacen foco en esas viejas paredes.
    Estoy seguro de que ése es el lugar que deforma mi destino y mis circunstancias. No se lo digan a ningún profesor de física porque les va a decir que quien habla se lleva a marzo la materia en forma directa.
    Pero vuelvo al tango. Quiero centrar mi charla de hoy en eso.
    Osvaldo Fresedo se presentaba con su orquesta aquella noche fría de 1950. El lugar tenía calefacción y mucho humo de cigarrillos.
    Cuando se escucharon los primeros compases del tango El Amanecer, Eduardo se acercó a Nora. Su sonrisa seductora, el movimiento reverencial y lento de sus ojos, dirigieron la orquesta y la hipnotizaron.
    Logró que la recién llegada se sintiese la figura estelar que había soñado ser desde que pidió su regalo de cumpleaños.
    La comunicación entre ellos sólo fue gestual. No hubo una sola palabra. El idioma en que hablaron fue el de sus miradas profundas, que susurraban sus deseos no pronunciados.
    Ese tango, El Amanecer, fue el amanecer de su amor más profundo y duradero.
    La tarde y la noche todavía no se habían posado en ningún lugar visible. No les importaba. Estaban viviendo El Amanecer.
    Fueron unos adelantados. Sí, ese tipo de personas que como los animales, son dueños del aquí y el ahora.
    ¿Para qué perder tiempo en el futuro?

  • Claudio Bevilacqua