Memorabilia


Paco Jamandreu

    Sí. Miren bien esta tarjeta. La encontré hace un rato en la caja que guardaba mi papá. La continuó guardando mi mamá casi durante treinta años. Y cuando se fue, arreglé con mi hermano que quería guardármela para mí. Y aquí está, frente a mis ojos. Y tengo tiempo.
    ¿Quién sabe dónde terminará su camino? Por las dudas, una por una cada de cada cosa que encuentre en esta caja, la voy a escanear y a subir a la nube. O a mi nube. No sé de quién son las nubes. En una de esas estarán allí para siempre. Si algún día visito las nubes y las encuentro, les aviso.
    La que tengo en mi mano ahora es la tarjeta personal de mi papá. Dice gerente de ventas de los productos de belleza. La empresa es Paco Jamandreu.
    Mi papá siempre fue seguidor de los radicales. Paco fue el diseñador de casi todos los vestidos de Evita. En dos cosas estaban en la antípodas. En la política y en el sexo.
    En el sexo, entonces no había más que dos posibilidades. Hombre o mujer. Nada que ver con lo que vivimos hoy aquí, en mayo de 2019. Entonces no había opción.
    Era blanco o negro. Alguna vez me enteré que el color negro tenía toda la fuerza, el poder y la autoridad. El blanco era el color de la esperanza y de la soledad.
    Los que estaban en algún lugar indefinido entre el negro y el blanco eran catalogados como un grupo diferente. Fuera de la ley.
    Mi papá y Paco en su trabajo se entendían bien.
    Paco tenía la esperanza y también la creencia de que sus diseños representarían la envidia de todas las mujeres. Que les garantizaría poder, a costa de la soledad. Transmitía que para él poder era lo más importante. Sin él, no eran nada. Sus diseños tenían que transmitir esa fuerza.
    Papi, logró que esa "marca" se expandiese por todo nuestro país. Que fuera buscado por la mayoría de las mujeres. En eso se identificaban claramente. Quería que todas las mujeres buscasen la marca que él vendía. Si caminaba por un terreno comercial, no le tenía miedo a ningún desafío.
    Trabajó con Jamandreu casi todo el año 1968. Paco Jamandreu había nacido dos años después que mi papá, el 17 de octubre de 1925. Su signo era libra, como yo. Para los astrólogos nuestro signo representa el equilibrio y la armonía y por eso su símbolo es la balanza. Estoy seguro de que eso los ayudó a comunicarse y a entenderse, pese a estar en las antípodas.
    Jamandreu fue amigo de Eva Perón. Mi papá antiperonista. Los unía el perfume. Eso es lo que me sigue uniendo a ellos dos durante toda mi vida.
    Nací y crecí ayudando en las perfumerías de mis viejos. La primera se llamaba Fioret. Y después Grand Elysée. Sus nombres eran en francés. En casa no se hablaba el idioma, pero quisieron imponerle un toque de glamour y lo consiguieron. Ceo que esos dos nombres dejaron una huella olfativa que sigo teniendo marcada en mi memoria.
    Durante las vacaciones no nos podíamos casi nunca ir de viaje. Las perfumerías no cerraban jamás. Tenían que estar allí siempre. Atendiendo y esperando a los clientes. En la caja también. En aquel lugar no habían encontrado a nadie de su confianza para controlar qué pasaba si alguno de ellos no estaba.
    Mi trabajo era ir los sábados a limpiar la vidriera por adentro. Usaba unos trapos cuadrados de gamuza. Como a mis ocho años, yo media poco, podía entrar a la vidriera agachándome bien. Eso sí, me tenía que sacar las esquipis antes de entrar.
    El perfume de las cosas sigue siendo importante para mí. Me siento listo para salir de casa cuando me pongo uno. Casi nadie lo siente, pero yo sí. Sale conmigo. Me acompaña. En mi adolescencia usaba el Paco Rabanne. Hoy me parece detestable. No entiendo cómo algún día me pudo gustar.
    A fines de los 60, hace medio siglo atrás, los perfumes extranjeros estaban prohibidos en la Argentina.
    La ley no permitía importarlos. Mis viejos los conseguían igual. Para venderlos los guardaban en un cajón al fondo de la perfumería. Cuando entrara un inspector, eso haría que no los viera. Decían que habían cerrado varias perfumerías por venderlos. Y ellos querían venderlos igual. Esto formaba parte de su negocio y del de todas las perfumerías con las que competían.
    Trabajaba con nosotros Silvia, una vendedora joven. Si lograba venderle a una compradora uno de esos perfumes prohibidos, tenía que ser a una clienta conocida. Con eso Silvia lograba ganarse una comisión. En el lenguaje que conocíamos mi papá, mi mamá y yo, lo llamábamos "Po". Era del diez por ciento del precio de venta. Con ese mismo nombre, pero en francés, el mes pasado vi una serie francesa que les recomiendo. Se llama Diez por Ciento, o "Dix pour cent". Habla de este mismo tema, pero en Francia, hoy, en 2019. Me di cuenta de que esto representa una característica de la condición humana. Pero sí, hay muchísimas excepciones, pero es moneda corriente donde uno vaya. El único lugar donde no noté eso fue en Japón. Pero es un grupo de islitas en el mapa de este mundo en el que nos toca vivir.
    Recién me doy cuenta que ese "po" con los años pasó a llamarse "un diego". ¿Habrá cambiado de nombre ahora? No lo sé. Si alguno lo sabe, avíseme. Quiero mantenerme al día en el idioma. Ese fue uno de los motivos que me llevaron a estudiar Ciencias del Lenguaje en la Universidad de Columbia, en Nueva York. Siempre estoy ávido de conocer palabras nuevas, de inventármelas o descifrarlas como es el gesto de la transmisión de información mediante los gestos de las manos, de los ojos, de la cabeza, de la boca, de los brazos, de los dedos, de las manos. Creo que más del noventa por ciento de nuestro cuerpo nos habla a nosotros y a todos. Hay que aprender a descifrar este lenguaje.
    Desde aquel momento en mi niñez, limpiando perfumes dentro de nuestras vidrieras, aprendí que había normas que se podían transgredir.
    Los católicos aprendimos que son diez los pecados y que tenemos que confesarlos, de rodillas, cada semana. Nunca lo hice. Cuando tomé la comunión me los inventé. Igual quería que el cura pensara y me dijera que me había ganado la gracia de Dios.
    La vida me eligió a mí para incumplir, en mi adolescencia, uno de esos pecados que sigue existiendo para la iglesia.
    Haber transgredido esa ley dejó un sello eterno en mi.
    Las leyes cambiaron. Esto me gatilla recordar a Mercedes Sosa. Tenía razón cuando cantaba "Todo Cambia". ¡Todo cambia…!

  • Claudio Bevilacqua