Memorabilia


"¿El sueño es vida?"

    Mi primer sueño fue una pesadilla barroca. Me contaron que estaba emparentada con una obra que escribió Calderón de la Barca en 1635.
    Ese sueño me hizo preguntarme si realmente era libre. O si mi destino era el que estaba viviendo. Calderón llamó a su obra La vida es sueño.
    Era un una tarde de fin de verano, aquí. En el almanaque vi que era martes 14 de marzo.
    Hacía mucho calor. Yo ya estaba con ganas de que llegara el otoño. Eran más de las tres de la tarde.
    Después de almorzar había dejado el reloj en la cocina, sobre la mesada.
    Había comido un poco de salmón rosado, dorado por su cocción, que cuando volví a casa, lo encontré en la heladera, con una ensalada rusa que había sobrado de la noche anterior.
    El cielo estaba muy gris, con esos nubarrones que me avisan que es mejor quedarse adentro de casa. No tuve ganas de salir a la calle en ese momento.
    Eso me hizo pensar que cada cosa tiene algo de especial y único.
    El salmón rosado que estaba en la heladera era de color dorado viejo, con algunas estrías teñidas por el calor. Eran amarronadas.
    Fue en ese momento que se me ocurrió una palabra que debería existir en castellano.
    Sí, una que me permitiera ponerle un nombre a ese color, que muestre su semblante en ese preciso momento…
    ¿Por qué no existe, por ejemplo, la palabra "doramón"? Me gusta crear palabras que sean mías. No neologismos ni anagramas. Sólo mías.
    Se me ocurrió que los chinos deben tener una palabra para eso y sólo eso.
    Escribir con letras nos pone muchos límites, porque tenemos que combinar las palabras y usar adjetivos que lo único que hacen es extender el texto escrito.
    Aquello que cada uno de nosotros piensa e imagina tiene una imagen, que no podemos definir fácilmente. Necesitamos palabras y palabras para que el que nos escucha o lea, entienda qué decimos.
    El que usa las palabras no necesita tener a su disposición todos los adjetivos capaces de ilustrar su relato; casi nunca alcanzan para mostrar claramente lo que se quiere decir.
    Por eso, creo que cada cosa debería tener un nombre. Pero sólo nosotros conocemos la imagen de lo que decimos. El que nos escucha, ve y siente otra cosa. Que puede ser muy parecida a la imagen de nuestra mente, o no.
    Mi celular estaba en "modo avión". Me lo hacía saber con una imagen, no una palabra. Es un símbolo que se parece a un avión blanco que está volando de izquierda a derecha.
    Es un avión que para volar no necesita cobrar altura. El celular puede sentir que vuela cuando está apoyado sobre la mesa o la cama.
    A mí siempre me gusta dejarlo en "modo avión" sobre la cama. Así me permite volar en mi sueño. Para cerciorarme de que el sonido estaba mudo, toqué un botoncito negro. También había una tecla que decía "diente azul" en inglés.
    No lograba entender por qué el teléfono podía cambiar el color de sus dientes. Además, yo no se los veía, ni siquiera blancos.
    ¿Y quién me iba a llamar? Mi perro labrador de color dorado y brillante, tiene once años. No necesita (ni le interesa) el teléfono para comunicarse conmigo. Él era el único que me acompañaba esa tarde.
    Estaba echado en el piso, en un pequeño baño, a la entrada de casa. Había elegido acostarse ahí porque era un lugar un poco más fresco que el balcón. Al menos allí podría dormir una buena siesta. Él siempre supo qué me pasaba.
    Cuando hace un tiempo, y después de muchos meses, me dieron el alta en el sanatorio, se dio cuenta de que ya no podía acercarse a mí corriendo. Sabía que me tenía que lamer la mano para transmitirme su cariño. Sí lo hubiese hecho como antes, me haría caer, y él no quería eso.
    Estaba atento a todo. Tenía miedo. Sabía que, en ese momento, las cosas en nuestras vidas habían cambiado. Ese miedo no lo puede expresar como lo hacemos los seres humanos, porque no lo necesita. Tiene un modo diferente de comunicarse conmigo. Siempre comprende cómo estoy.
    Tiene un sentido más que los cinco sentidos que aprendí en el colegio. Sí, esos que reaprendí en el sanatorio y que tenemos los seres humanos.
    Es un lenguaje incomprensible para otros. Lo insinúan con sus gestos. Pero ahí está. Existe. Es. Creo que la ciencia no lo ha logrado entender. Es muy esquemática y ese sentido no tiene todavía una definición física o química clara.
    Todo lo que está en esa zona, es visto como ciencias ocultas, magia o hechizo. Pero para mí existe, tiene vida.
    En ese momento estaba muy cansado. Tenía ganas de dormirme una siesta.
    Me acosté. Siempre que pude elegí king size, porque soy tamaño grande. ¿O habrá sido porque, como en casa, me decían que yo quería vivir a cuerpo de rey? El colchón al menos me permitía soñar con eso.
    Uso solamente la sábana de abajo. Hice la cuenta de que, a lo largo de mi vida, voy a tener que lavar la mitad de las sábanas mientras duermo.
    Hacía calor. Me acosté usando el calzoncillo de algodón negro, que es con el que más cómodo me siento, y si alguien toca el timbre para entregar algo en mi casa, puedo atenderlo sin tener que vestirme, porque parece un short de gimnasia.
    Bostecé.
    Estoy seguro de que me dormí. Fue en ese momento que tuve mi primera pesadilla.
    Les cuento.
    Un papá se había enojado con su hijo, y se había ido de un portazo. El chico estaba por cumplir los ocho años en poco más de un mes. Se llamaba Alejandro y pensó que su papá se iba para siempre. Así que lo había perdido por portarse mal. No hacía lo que su papá esperaba. Su papá era un viejo pelado, alto y flaco. Fumaba mucho. No lograba estar en paz. Era muy inquieto. El portazo que dio su papá me hizo gritar con mucho miedo.
    Ese miedo le duró casi toda la tarde. Fueron varias horas las que pasé con mucho miedo a moverme. Sabía que si él me veía u oía, se iba a enfurecer. No se portaba como mi perro. Aunque no me escuchara o me viera, siempre sabía que estaba ahí.
    Me quedé en mi cama. Solo y temblando. No podía saber si estaba despierto o dormido.
    ¿Estaré despierto ahora o todo será un sueño? ¿Estaré soñando yo, o seré parte del sueño de otra persona?
    ¿Estaré vivo? Apenas pude me levanté muy transpirado. Agarré una toallita blanca y me sequé. Fui directamente a ver a mi perro labrador. Estaba echado ahí, como siempre. Movió la cola cuando me vio. Lo abracé y no le tuve que contar nada porque él ya lo sabía.
    Fue ese momento el que me cambió la forma de ver la vida, y me hizo pensar que no estoy seguro de nada.
    Si no estoy seguro de mí mismo… ¿Cómo puedo estar seguro de las cosas que veo, huelo, oigo, toco o como?
    Ya se me ocurrió. Necesito, como mi perro, otro sentido para estar vivo.

  • Claudio Bevilacqua