Memorabilia


¡Feliz Cumpleaños!

    Hola Papi, hoy es jueves 16 de mayo de 2019. Son las nueve y cinco de la mañana. Como es el día de tu cumpleaños, recién recordé que hoy, hace noventa y seis años, a las cuatro de la mañana, habías nacido.
    Decidí escribirte esta carta. Es mi regalo de cumpleaños. Está lloviendo a cántaros. Mis dos perros, que no conociste, se llaman Arqui e Ito. Entraron al lavadero a guarecerse porque el diluvio no les gusta. Les place jugar y correr mientras llueve, pero hoy no. Aunque deben saber lo que siempre nos decía tu mamá: "siempre que llovió, paró".
    Tengo ganas de hacerte una pregunta. ¿Te acordás del accidente que sufrí hace casi diez años?
    Sí, ese que viví en persona. En Japón lo llaman tsunami. Sí, una erupción volcánica, pero en lugar de ser submarina, me tocó vivirla dentro de mi cerebro. Me dijeron que la lava era del color de la sangría que preparabas los sábados a la noche.
    Por suerte, hace unos años pude volver a ver la luz del sol.
    Lucía fue quien me dio la idea. En realidad ella me dijo que te hablara. Pero como bien sabés, a mí me es más fácil escribir. Estoy tratando de no corregir lo que escribo. Que sea lo más espontánea posible.
    Cuando le dije que te iba a escribir una carta, ella me sugirió (no me lo dijo, o al menos eso entendí yo), que la escribiera a mano.
    Tampoco le hice caso. Escribirte en el teclado es más simple y rápido para mí. Creo que esto tiene que ver con el curso que hice en la Academia Pitman para aprender a escribir.
    La máquina que me regalaste cuando cumplí quince o a dieciséis años, era de color gris claro. No escribía en letras de imprenta sino en cursivas. Era una tipografía muy rara para mis compañeros del colegio.
    Hace unos días leí un artículo que decía que en las escuelas públicas de Estados Unidos, se había dejado de enseñar a escribir a mano con letra cursiva.
    Seguramente llegaron a esa conclusión por lo difícil que es escribir a mano. A mí me tocó reaprender y no lo logré.
    Si escribo algo rápido usando la letra cursiva, después no me entiendo mi propia letra.
    Escribir la letra "a" en cursiva, requiere tres movimientos muy sutiles de tres dedos. El pulgar, el índice y el medio de la mano derecha. Además, hay que mover la muñeca sutilmente. Al escribir en un teclado, como lo estoy haciendo ahora, con apretar la tecla que muestra una "a" ya es suficiente, si es ésa la que preciso en el texto.
    Si hoy fuera un chico en una escuela pública de Estados Unidos, sería visto como un adelantado.
    Me distraje y quiero que sepas que está lloviendo un poco menos. Arqui e Ito siguen adentro. Esto me hace pensar que para que salgan, tienen que sentir que la lluvia paró y recién van a estar contentos cuando vean un rayito de sol en sus ojos.
    Ya te hablé un ratito. Pero esquivé lo que quiero decirte. TE PERDONO.
    No sé por qué te lo escribo todo en mayúsculas. Creo que la Real Academia no estaría de acuerdo. Pero yo sí. Lo escribo así porque quiero que suene más fuerte y que el sonido salga de mis vísceras.
    Como estoy solo en el campo, lo grité fuertísimo tres veces mirando la lluvia caer. Los dos perros me miraron y me entendieron.
    No sé porqué me acordé de aquella frase: "Y esta lluvia que no para, reverendo". Estoy seguro de que allá arriba, vos y mami, me hacen una reverencia. Sí, ustedes dos, a los que no les gustaba hablar de ciertas cosas porque estaban prohibidas.
    Hoy decidí que mami y vos van a estar presentes ahí, en la Cruz del Sur, en todas mis noches claras.
    Vos a la derecha y mami a la izquierda.
    Son completamente diferentes entre sí, pero para mí forman parte de mi mundo visible todas las noches claras desde aquí, en el campo.
    No sé si una está a millones de kilómetros de la otra, pero desde donde yo las miro y las veo, las dos están muy cerca.
    A mami y a vos creo que les pasaba algo así. Parecían estar cerca, pero estaban muy lejos uno del otro.
    Tengo presente un día que estaba en la primaria, y que esperaba en el palier de entrada al edificio que mami viniera del trabajo.
    Vos ya habías llegado a casa. Era una noche de invierno. Me imagino que serían las ocho y pico. ¿Te acordás? Era la época en que mami estaba al frente de la perfumería en Canguro de Temperley.
    Todas las noches bajaba a esperarla en la puerta del edificio de Corrientes y Talcahuano.
    Pero esa noche, me anticipé a lo que pasaría después. Estaba temblando porque mami no llegaba. Abrí la puerta que daba al incinerador y vomité en el suelo.
    Nunca se lo conté a nadie. Al día siguiente, el portero me preguntó si sabía algo de ese desastre que encontró a la mañana. Le dije que no.
    Mami tardó un rato más. Cuando llegó me quedé tranquilo. Pero cuando abrimos el ascensor, la puerta del departamento estaba abierta y vos te enojaste y le gritaste.
    Nunca te había visto así.
    Otro recuerdo que nunca te conté, para que no te enojaras más con mami es éste:
    Estaba caminando a la panadería que quedaba a la vuelta de casa. La de "Don José", como vos llamabas al dueño. La que estaba en Talcahuano entre Corrientes y Sarmiento.
    El pan lo compraba yo casi todos los días.
    Fue aquella mañana, cuando volvía de comprar el pan, en la esquina de Banchero, que me paró un señor que tendría la edad tuya, pero que no era pelado como vos, y me preguntó: "¿vos sos Claudio?".
    Le contesté que sí con la cabeza. Me respondió, "Ah, eso quería saber, me lo imaginaba". Me asusté y corrí hasta casa sin soltar la bolsa que llevaba en mi mano, con dos flautas calentitas.
    No le dije nada a nadie. Ni a la abueli Queta, ni a la señora de Paraguay, que estaba pasando la aspiradora en tu dormitorio.
    ¿Querés que te cuente quién era ese desconocido que sabía mi nombre?
    Era el novio oculto que tenía mami. A ella nunca le pregunté nada. Pero hoy me doy cuenta de que había cosas que se las guardaban solo para ustedes. Se miraban y se transmitían esos mensajes cifrados. Eran satánicos. No hacía falta entender las palabras. El lenguaje estaba en sus ojos, en sus cejas y en su boca. Eran dragones callados.
    Otro día te cuento del día que la echaste a mami de casa porque sabías de su relación con otro hombre. Mi llanto hizo que frenaras tu impulso.
    No te quiero abrumar hoy contándote todo esto. Espero que sigamos en contacto a través de las fotos y los recuerdos. Creo que existe un tipo de energía que todavía la ciencia no ha logrado definir.
    Forman parte de este universo.
    La ciencia no logra definir esa misteriosa energía de la que te hablo, porque se precisan fórmulas que aún no han sido inventadas.
    La lluvia casi paró. Solo caen unas gotas que no vienen desde el cielo sino del techo de mi casa. La lluvia se detiene, pero la sensación de que paró tarda un poco más.
    Así me siento ahora.
    Quiero elegir tres canciones para compartir con vos.
    Estuve escuchando, en casa y en el auto, para encontrar cuáles eran y que realmente tuvieran que ver con mi historia, la tuya y la de mami.
    Me parece mentira el tiempo que pasó. En dos años más ya van a hacer cuarenta que no estás aquí.
    Antes de que escuchemos las tres canciones que elegí, quiero perdonarte por otra cosa que sabés. El tiempo hace que uno olvide muchas cosas, pero ésta quiero que la recuerdes.
    Más o menos un año antes de que terminara la secundaria, me dijiste algo que veías bien para mí. Querías que siguiera la carrera de marino mercante.
    Ya sabías de mí. Nunca lo hablamos. Me conseguiste un turno con aquel psicólogo que era cliente de la perfumería. Sí, ese que tenía su consultorio en Cangallo y Montevideo.
    En esa época yo no sabía lo que era la psicología ni la psiquiatría. Eran para mí cosas para los locos.
    Sí recuerdo que tu mamá, la abueli Queta, había estado internada casi seis meses en un sanatorio psiquiátrico. No se hablaba de ese tema en casa. Estaba totalmente oculto para todos. Se lo respiraba. Se lo sentía. Pero nadie lo mencionó nunca.
    Tuve tres sesiones con el especialista en trastornos psiquiátricos que era cliente tuyo. Yo no entendía nada. Recuerdo que estaba más o menos una hora charlando.
    En la tercera sesión, después de hablar un rato, me saludó dándome la mano y me dijo: "Claudio, por ahora terminamos, después voy a hablar con tu papá".
    Yo no sabía ni para qué iba a verlo ni de qué te hablaría él a vos. Tenía un poco de miedo por lo desconocido. No me acuerdo ni su nombre.
    Eso fue lo que hizo que pensaras que la carrera que tenía que seguir en mi vida era marino mercante. Me decías que los tripulantes de barcos viajaban mucho. Sí, como a vos y a mí nos gustaba.
    Hoy me doy cuenta de que, con esa carrera, querías borrarme de esta sociedad en la que habías aprendido que ser diferente era una especie de delito.
    Me tenía que cuidar todo el tiempo y aparentar y fingir cosas que no sentía. Solo para agradar a los otros. No les importaba qué sentía yo.
    Ya te lo dije. Te lo repito.
    Papi, te perdoné. Celebremos juntos tu cumple y prometo acercarme y decírtelo al oído cuando viaje yo, allí, donde ahora y por siempre estarás.

  • Claudio Bevilacqua