Memorabilia


Santa Cruz

    ¿Mariposas? Sí, eso le pregunté para que me repitiera porque no estaba seguro de haberla escuchado bien.
    Josefina me respondió que a sus setenta y tres años nunca había ido a un parque de mariposas. Quería descubrir qué especies habría en Bolivia, país que para ella seguía estando muy militarizado y que le recordaba los fines de los años setenta en Argentina. Me contó que ella vivía en la ciudad de Córdoba, con su marido y sus dos hijas. Las mandaba a una escuela famosa allí. "La Escuela Profesional de Mujeres".
    El gesto que me hizo y la entonación que utilizó, no me permitieron preguntarle algún otro dato que me ayudase a conocer más sobre la escuela de sus hijas. No me atreví. Pensé que su relato quedaría sin vida. Que todo lo que me iba a contar lo haría sin la pasión que utilizó para narrármelo. Por eso no le pregunté nada. Quedó en mi imaginación, tal como quedan todas las historias que recorro.
    Josefina dedujo también que yo debía conocer que en Bolivia seguía siendo obligatorio el servicio militar.
    Si hubiese participado de ese programa de preguntas y respuestas que hay a la noche, seguro habría perdido inmediatamente. No habría logrado unir jamás a Evo con la milicia.
    Dos días después de haber llegado, me di cuenta de que lo único que conocía de Bolivia era el nombre de su capital. Que no tenía acceso al mar. Que los bolivianos y los chilenos no se aguantaban entre sí. Que allí había muerto El Che. Creo que nada más. Si apareciera algo antes de terminar, les aviso.
    Decidí también ir a conocer el lugar que mejor guarda la memoria, el cementerio.
    Me gusta visitar los cementerios cuando viajo. Siento que la paz, el reposo, la quietud y la unión reinan allí. La calma y el sosiego se apoderan de ese lugar. Ayudan a que me prepare.
    Traté de seguir el mapa, pero me perdí.
    Busqué a alguien a quién preguntarle.
    A unos pocos metros había un negocio de esos que venden de todo. Su nombre, Cotillón Laurita, me hizo pensar que allí iba a encontrar mi respuesta.
    Laurita vendía de todo y los vendedores saben todo.
    Su cartelito anunciaba en la puerta que, además de realizar modelos exclusivos, no sé bien de qué, se especializaba en varias cosas: Quince años. Necrológicos.
    Recibos. Sellos de goma. La última palabra de una larga lista de especialidades que podía encontrar allí adentro era "Colitas". Esta palabra no la entendí.
    ¿Qué naturaleza tendrían "las colitas"? ¿Serán de pelo? ¿De animales? ¿De filas con pocas personas? Lo primero que me gatilló esa palabra era el diminutivo, la parte de atrás de todos. Esa que se apoya al sentarse en cualquier lugar. No la palabra vulgar, sino la que usan mucho las mamás. No me atreví a preguntarlo.
    Entré en el negocio de Laurita y me atendió su papá. Eso creo yo. Me miró a los ojos. Eso me decía que era confiable.
    Tenía el pelo muy negro y corto. Su sonrisa hizo que las marcas de los años alrededor de toda su cara formaran círculos concéntricos alrededor de su incisivo derecho que no estaba allí. El izquierdo sí y era de oro.
    Pensé que había elegido ese metal precioso para demostrar que, al verlo sonreír, quien lo mirara ya sabría que estaba frente a alguien que se encaminaba al reinado. Haciendo esto, le permitía parecerse en algo al ídolo de Laurita, sí, a Justin Bieber.
    Justo allí encontré el mapa que yo precisaba. Señalaba en color sepia algo diferente. Lo más importante del lugar. El cementerio. Ya sabía dónde estaba y cómo podía caminar hasta allí.
    Unas cuadras antes de llegar, me llamó la atención un cartelito de papel blanco, pegado con cinta scotch, en el que se leía "Centro de BioMagnetismo – Sanación Alternativa". Su dirección era la misma que la del Colegio. Sí, Bolívar 263, aunque no quedaba entre Alsina y Moreno.
    Ese número estaba imantado y me atrajo. Entré. Atravesé un pasillo corto y vi sentado a un señor mayor que se dio cuenta de que yo no era de allí. Me preguntó si tenía turno con la Quispe. Se dio cuenta de que no entendí nada. Por suerte me ayudó.
    Me dijo que Lidia Quispe era la sanadora, pero solo atendía si uno tenía turno. Que la sesión duraba unos cuarenta minutos y que estaba completo por varias semanas. Atendía allí tres veces por semana: lunes, miércoles y viernes. Los martes y jueves atendía en Clara Chuchio, un pueblo que estaba a más o menos cuatro horas de micro, sobre un camino de ripio.
    Esperaba que esa dirección me llevara a otro destino. Pero no lo pude averiguar. Lo tengo en mi cuaderno de cosas pendientes. Tengo tantas que no sé si voy a poder hacerlas en esta, mi segunda vida. Si tengo una tercera, me comprometo a contarles si Lidia Quispe me sanó.
    Seguí mi camino al cementerio y pensé que ese trayecto lo vamos a hacer todos algún día, pero me di cuenta de que no. Muchos no llegaron allí. Hoy es 2 de abril. Hace 35 años de la Guerra de Malvinas. Allí en aquel trágico barco estaban más de 300 soldados que hundieron los británicos. Pobres, aquellos no llegaron al cementerio. El agua sedienta se los tragó.
    Por fin llegué al Cementerio General. Espero poder salir hoy. Si no, este cuento no va a existir. Nadie sabe mi clave…
    Delante de él hay una gran cruz de cemento, pintada de blanco. Un artista intentó esculpir sobre ella a Jesús. No logró transmitir nada, al menos a mí. Era muy pobre. Tenía unos relieves para mostrar su cabeza que se parecía más al logotipo de movistar. Sus brazos y todo su cuerpo eran insípidos. No les recomiendo pararse delante de esa cruz. Lo interesante está adentro.
    Caminé por unas calles con piso de ladrillo. Recorrí una que tenía dos asientos iguales a los de la Plaza Lavalle, en donde se sentaba mi abuela a mirarme jugar en la hamacas y el subibaja. Pero éstas estaban pintadas por las lluvias de un verde grisáceo oscuro.
    El cielo acompañaba esa imagen gris. Las nubes me señalaban que iba a llover en cualquier momento. Era la luz ideal para sacar buenas fotos. Pensé que eso es mágico. Lo logré. Cuando pueda voy a tratar de hacer un video y mostrárselos. Cuando lo suba a YouTube, les aviso.
    Decidí sentarme aquí porque tenía una excelente vista de muchísimas tumbas y de algunos mausoleos. Sí, esos que son para los ricos y famosos.
    Unos minutos después pasa delante de mí un grupo de músicos con instrumentos de viento.
    La mayoría tenía unas pequeñas trompetas doradas. Muy brillantes. Quizás el tener esa densa y grandiosa arboleda verde oscuro hacía que resaltaran más. Eran ideales para mis fotos. Los acompañaba también, un tambor, que sólo producía sonidos mortuorios. El músico se había vestido con una remera verde, un pantalón de jean gastado, una gorra blanca y zapatillas Nike. Los vestuaristas no ayudaron en esa escena.
    Los únicos que estaban de negro completo eran los familiares de la difunta. Sí, era una mujer que se llamaba Elvira Córdoba Zapata.
    El acto terminó. Los músicos cobraron sus honorarios delante de todos los espectadores. Saludaban agachando un poco su cabeza y se quedaron mirando el final de la escena mortuoria. Ahí, después de terminar el concierto vi de cerca el tambor. Era plateado.
    Tenía un gran nombre comercial en uno de sus lados: "PIRATAS BAND".
    Mostraba el teléfono celular para todos los que lo necesitáramos. Por si a alguno le interesa desde aquí, donde estoy parado lo veo bien y se los leo: "CEL.773897444".
    En el medio del tambor tenían grabado un gran dibujo. Era un pirata macabro con una gorra mortuoria sobre una calavera. Se nos reía abiertamente al ver el sufrimiento de quienes lo mirábamos.
    Sólo me queda una pregunta para hacerme.
    ¿Quiero un sepelio así?
    Todavía no tengo la respuesta. Espero saberlo pronto así les aviso.

  • Claudio Bevilacqua
background

Por Claudio Bevilacqua

Audio Texto