Memorabilia


Esas cinco preguntas

    Recién terminé mi desayuno. Dondequiera que esté, es el mismo de todos los días. Lo único que cambia hoy es el sonido. El que escuché hasta ahora es bien diferente; es el de unas vacas que hablan a los gritos entre ellas. En este preciso momento, una de ellas, muy vieja, está llena de canas en su cabeza, se está quejando en voz muy alta. La negra más joven le contesta con un mugido eterno y más agudo. La mayoría está enmudecida. No dicen ni "¡muu!". Esto lo puedo escuchar solamente aquí. En mi departamento, en el centro de Buenos Aires, aunque cierre todas las ventanas y las puertas, los bocinazos a esta hora de la mañana son casi inaguantables.
    Igual, casi siempre, prefiero este lenguaje. Lo entiendo más. Imagino nítidamente sus rostros. Conozco las muecas que están haciendo. Las traduzco directamente a mi lenguaje porteño. Son vivas representaciones del teatro ciego al que asisto a diario.
    Silvia se me acerca.
    Sí, este es el nombre de la señora que una vez por semana viene a casa a pasar el plumero. Después sigue la aspiradora, un trapo con agua y termina a las seis horas con cera líquida. Hace movimientos muy precisos y rápidos. Tararea bajito una canción que no sé cuál será. Lo que sí sé es que es la misma. Sólo cambia el ritmo. Estamos en el campo. Cerca de la playa de Manantiales, en Uruguay. Escuché recién que la temperatura es de 23 grados. Anunció que más tarde va a soplar viento pero la temperatura va a subir. Anuncian lluvias para mañana.
    Con una actitud diferente y temerosa, ahora se acerca Silvia y me dice si puede preguntarme algo. "Por supuesto", fue mi inmediata respuesta. El tono que usé para decírselo me salió amistoso, tal como quería. Les cuento la conversación.
    Silvia tiene una sobrina adolescente estudiando en la escuela del pueblo. Se llevó casi todas las materias. Tiene que rendir alguna bien porque si no, tendría que repetir el año. Los gestos de su rostro y sobre todo el de sus ojos, me hablan. Tiene miedo de la reacción de su hermano y de su cuñada.
    Ya aprendí a comunicarme en su lenguaje y le hice un gesto con mi cabeza que entendió. En el campo trato de adaptar mi lenguaje porteño al del interior. Se los traduzco, así me entienden. ¡Uy…! ¿Y qué puedo hacer yo para ayudarte con eso?...
    Me respondió que una de las materias que se llevó su sobrina era el idioma inglés.
    En concreto, su pregunta era dónde podía encontrar un profesor de inglés. En su pueblo la única profesora era una tal Mercedes García Suárez. Sí, esa gorda infame, según me contó, que le había puesto un uno en la prueba. La mandó en vuelo directo, sin escalas, a marzo.
    Entendí lo que me dijo sin hablarme. Quería saber si ella podía traerla a mi casa para que yo le diera unas clases de inglés gratis y así poder pasar ese terrible y catastrófico examen con el que se había ensañado su malvada maestra.
    Agregó que me iba a pagar preparándome un postre casero y cocinándome un pollo que tenía en su granja. Que lo iba a desplumar ella misma si yo le hacía ese favor.
    Le contesté que sí. Que no tenía que pagarme nada. Que lo iba a hacer porque me gusta mucho enseñar. No se lo dije, pero ese fue un sueño que nunca cumplí. Miento, hace unos cuarenta años atrás le di clases de inglés a mi prima Cecilia para que pasara el examen. Me gustó hacerlo. Igual no me quedaba otro remedio.
    Mi mamá arregló con mi tía Carmen que le diera las clases de inglés necesarias para pasar el examen de la secundaria. Tenía que lograr que no se la llevara a marzo. Lo conseguí. Tuve que ir durante varios sábados a la mañana a su casa. Por suerte, mi tía me preparaba un rico vascolet, recién batido y unas galletitas Terrabusi. La caja decía que tenían cien años. Me gustaban y no tenía problema con su vencimiento.
    A Silvia, sí le puse como requisito que ella estuviese en casa mientras le daba las clases que precisaba. Nunca se sabe. Como decía mi abuela, que era una adelantada: "mejor prevenir que curar".
    Me dijo que dos días después vendría a casa con su sobrina. Y la iba a traer en su motoneta blanca y muy chiquita. Sí, esa muy vieja que usaba siempre. Está tan destartalada. No tiene patente. Le falta el espejo retrovisor de la derecha. Ni loco le pediría que me alcance a algún lado.
    Sí usaba un casco. Esa era su única protección. No, exagero. Creo que la única protección real era que casi nadie se le cruzaba con un auto o una moto.
    Tener moto era la muestra de que podía trabajar sin tener que pedalear casi una hora.
    Se le cruzaban algunas bicicletas. Pero en el pueblo la moto, por destartalada que esté, tiene prioridad de paso entre los vecinos.
    A eso de las nueve de la mañana, Silvia y su sobrina Daisy llegaron. En Uruguay, desde siempre, hay una costumbre muy arraigada, especialmente en el campo, de ponerle nombres a los chicos que aquí ni se nos ocurrirían.
    Les cuento algunos que no me van a creer pero son ciertos, se los juro. "Potranca", "Canuto", "Vino Bien", "Tránsito", y después usan dos apellidos, el materno y el paterno.
    Creo que para nosotros resultaría extraño tener un compañero en la escuela que se llamase Potranca Pérez Valdés o Vino Bien González Suárez.
    En mi época, éramos tantos los Claudios en el grado que a todos nos ponían un sobrenombre. El mío era "bevi", nadie me llamaba por mi nombre real.
    La maestra, la Señorita Susana, era la única que usaba mi nombre cuando me llamaba al frente o me hacía una pregunta.
    Nos conocía bien a los cinco Claudios de segundo grado. No me imagino qué imagen en mi cara o en mi cuerpo le gatillaba reconocer mi nombre y el de los otros cuatro. El de uno me lo imagino, pero no se los puedo contar. No vaya a ser que tenga un juicio por eso. Solo queda en mi cabeza. En este tema, por mi boca ni muuu, como el de las vacas.
    De todos modos, creo que deberíamos tener la opción de elegir el nombre que queramos que figure en nuestro documento y no el que eligieron nuestros padres. Pero ese es otro tema.
    Vuelvo.
    Daisy era muy delgada y tenía un problema para caminar en su pierna izquierda. Usaba un bastón muy delgado, de madera de caoba y pintado con unos corazoncitos verdes desde su empuñadura hasta el suelo.
    Tenía su cabello muy oscuro y atado atrás. A los dos costados, sobre sus orejas, lo usaba rapado a cero. Averigüé y a ese corte ahora lo llaman "cresta". Sí, igual que las crestas del gallo. Además, usaba unos aros dorados muy delgados y grandes. Tenían más o menos el mismo diámetro del plato de mi taza de café con leche. Al vérselos pensé que se los habrían regalado para su cumpleaños de quince hace unos meses. Tenía recién pintados los labios de un color violáceo intenso. Se preparó para la visita. Quería que me fijara bien en su cabeza y lo logró.
    Silvia se acercó a la mesa que estaba afuera. Sí, esa en la que estaba tomando mi cafecito matinal y haciendo unos ejercicios con sudoku mientras escuchaba mi música preferida, la bossa nova brasilera. Mel de Maria Bethânia.
    Me avisó que había venido con Daisy. Y que le dijo que esperara en la moto hasta que ella le dijera que se podía bajar. Le contesté que me trajera un café con leche más y que después le señalara a Daisy dónde tenía que sentarse. Que la acompañara, me presentara y se alejara de la mesa así no escuchaba nada.
    Ya tenía mi plan. Iba a saludar a Daisy cuando su tía no estuviese ahí. Así era más fácil que aprendiese algo si su tía no estaba presente. El público mirando la escena la iba a poner nerviosa.
    Daisy se acercó. Le di la mano. Quería que me viera como alguien de afuera. Un visitante. Lo logré.
    Le dije "Good Morning Daisy. My name is Claudio."
    Le hice una señal para que se sentara frente a mí, del otro lado de la mesa. El día estaba diáfano, exactamente lo opuesto al de ayer. El clima era muy propicio para su primera y única clase de inglés en el campo.
    Se mostró sorprendida cuando le di la mano y le hice el gesto para que se sentara sin hablar.
    Le pregunté varias veces en inglés qué tenía que preparar para el examen de inglés. Se lo dije muy lentamente. En diferentes maneras y con muchos gestos. Me entendió.
    Me pasaba lo mismo que con mis dos mascotas o cuando viajo a un país en el que no hablo su idioma. Aprendí que el lenguaje gestual se entiende casi siempre en todos lados.
    Mis palabras fueron. Exam. What questions? (se lo pronunciaba ecsam. guat kuestions?) Me entendió perfecto.
    Les resumo algo que nos llevó más de media hora de palabras sueltas y gestos.
    El examen consistía en encontrarme con alguien de su edad, más o menos de unos quince años, desconocida, y hacerle cinco preguntas:
    La primera era saludarla, decirle que se llamaba Daisy y preguntarle a la que estaba conociendo cuál era su nombre y apellido.
    La segunda era ¿dónde vivía?
    La tercera, ¿En qué año de la escuela estaba y cuál era el nombre del colegio en el que estudiaba? La cuarta era qué querría hacer cuando terminara la escuela. Y le habían dado dos opciones: si trabajar o seguir estudiando.
    Y la quinta y última, si cuando fuese grande tendría ganas de viajar o no. Y de ser así, a qué lugar preferiría que fuese ese viaje.
    Estuvimos casi dos horas hablando. Hice un recreo de diez minutos y fui al baño. Ella seguía sentada. De lejos vi que le hacía una mueca a su tía.
    Movía el dedo índice de su mano derecha haciendo unos pequeños círculos Su mueca labial y dactilar lograron que su tía entendiese cómo iba todo.
    Volví a la mesa. Seguimos. Y terminé mi clase. Logré que aprendiera esas famosas cinco preguntas. Esperaba que no se las olvidara. Había traído un cuadernito para escribir el sonido de las palabras. Era un examen oral. No tenía ningún problema como las escribiera. Nadie lo iba a leer más que ella.
    La última pregunta es la que más nos costó. Digo nos costó porque a mí y a ella nos resultaba difícil encontrar la forma más simple de preguntarlo en inglés.
    La gramática tenía que ser elemental. Sujeto, verbo y predicado. Preguntas muy simples y que se ayudara con gestos para que el otro entendiese sin problemas.
    La semana siguiente, cuando Silvia vino a casa, me trajo una torta de chocolate recién horneada por ella. Me dijo que con un gesto de gracias que se había sacado un nueve en inglés y eso haría que no repitiera el año.
    Ese día aprendí algo que no me habían enseñado nunca.
    Para memorizar algo, el idioma de los gestos, como el que les estoy contando ahora, le permite a casi todos los alumnos, que ese aprendizaje quede grabado sólidamente. Que sea.

  • Claudio Bevilacqua
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Por Claudio Bevilacqua

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