Memorabilia


Varsovia, 1983.

    Sí, es un día particularmente diferente hoy. Nada que ver con lo que me pasó en estos días.
    Hace un rato acomodé esa caja de fotos que de vez en cuando me gusta mirar. Y sí, encontré la postal que le había mandado a mi mamá el martes 19 de febrero de 1983 desde Varsovia. Hace ya diez años que ella ya no está aquí, pero la postal me acompaña.
    Ella fue el gatillo que logró en mí una catarata de recuerdos. No fue la postal, sino la estampilla que aún tiene pegada en el borde superior izquierdo.
    Es un rectángulo de cuatro centímetros de largo por dos de alto. La mayoría de las que vi en otras partes eran casi iguales, pero verticales. Ésta es diferente. Permite que su dibujo luzca mejor.
    La parte de arriba de la estampilla es de color azafrán. Sí, igual al de la paella. En la parte de abajo tiene un diminuto vagón de tren de carga muy antiguo. Se usa para lo mismo que el Shinkansen en Japón, que en algunos tramos va a seiscientos ocho kilómetros por hora y que se desliza no tocando las vías sino sobre un campo magnético que lo hace completamente silencioso.
    El de la estampilla se parece más a los trenes de carga del ferrocarril San Martín. En algunos tramos viajan a catorce kilómetros por hora, según contaba la nota que leí hace uno meses atrás en el diario.
    Esa imagen parece darle volumen al vagón. Lo miré en detalle y vi que tiene ocho divisiones. En el medio, se deja ver una viga de acero que dibuja un triángulo perfecto. La forma y la función son iguales a la de los sombreros chinos. Protegen del sol y de la lluvia.
    La estampilla que compré en el correo de Varsovia muestra que me costó cinco eslotis. Allí, en Polonia, siguen usando la misma moneda desde 1924.
    Googleé y encontré que la palabra esloti quiere decir dorado en lengua polaca.
    Por lo que veo en la estampilla, me costó cinco dorados o eslotis.
    Esta opaca estampilla me devolvió la vívida imagen de un viaje que estaba hundido debajo del mar profundo de mi memoria. Pudo salir a flote.
    Por fin llegué a Varsovia. Ya no aguantaba más estar sentado en ese asiento en el medio de la fila veintitrés, entre una señora que roncaba a la izquierda y un hombre mayor, de unos cincuenta años, que no paraba de leer ese libro interminable en vaya uno a saber qué idioma.
    Antes de bajarme del avión, sólo tenía unas pocas cosas claras sobre Polonia.
    La primera era que su capital era Varsovia. Mi hermano fue como mi guía Peuser en la escuela primaria. Fue él quien me enseñó todo esto, y no la escuela. En el avión me enteré de que Varsovia se decía Warsawa, y la pronunciaban "Var-ya-va". Las "ve cortas" las pronunciaban como en francés, con los dientes de arriba tocando suavemente el labio inferior.
    La segunda, que la bandera, por sus colores, debía ser la preferida de los hinchas de independiente. Y tenía, además, un águila muy poderosa y blanca enmarcando la parte roja.
    Y por último, que el Primer Ministro se llamaba Jaruzelski. Sí, ese que murió en prisión por haber implantado la Ley Marcial hace cuatro años.
    Para mi hermano, saber estas cosas era imprescindible antes de viajar. Así que lo tuve que aprender sí o sí. Porque de chico, si no, me ligaba una torcedura de mi brazo izquierdo y no le tenía que contar a mami y a papi nada, porque si no, la iba a ligar igual (no le digan a él que me acuerdo perfectamente de eso que me pasó hace medio siglo atrás).
    Estaba por cumplir veinticuatro años y todo esto me ocurrió en mi segundo trabajo.
    Mi tarea diaria era organizar la programación del único canal de televisión por cable que existía en la Argentina. El canal tenía el número 3. No tenía un nombre.
    Solamente lo identificaba su número.
    La programación tenía diversos programas que hoy en día casi serían imposibles de mezclar en un solo canal. Se parecía mucho a la mezcla que hoy hacemos mirando la pantalla de nuestro celular. Los contenidos del canal eran como si todos los contenidos de Internet que existen hoy, se vieran en una sola pantalla. Mi jefe me indicaba algunos programas que él quería que estuviesen, especialmente los políticos. Los otros los decidía yo, a mis veintitrés años. Igual tenía que preguntarle antes de programarlos.
    La conductora del programa, por su nacionalidad, tenía permiso para participar de una conferencia que se llevaría a cabo detrás de la cortina de hierro. Ella no podía viajar allí porque tenía que ofrecer varios conciertos en Buenos Aires y grabar semanalmente su programa de canal 3. El ciclo semanal lo emitíamos los jueves a las 5 de la tarde.
    Ella le dijo al dueño del canal que como no podía viajar en esa fecha y era una pena perder ese viaje a Varsovia, lo hiciera yo en representación de su espacio. Sabía que mi sueño siempre había sido volar. Se lo había dicho cuando nos conocimos.
    En menos de una semana tuve que emprender ese viaje que había surgido de la nada. Inesperado. Muy atractivo. No tenía tiempo de prepararme mentalmente para hacerlo. Aunque físicamente sí, porque (como ya les conté) tenía veintitrés años.          Tuve que hacer esas valijas improvisadamente. No tenía idea de qué temperatura habría allí. Tampoco del lenguaje que hablaban en Varsovia.
    Mi estadía sería de seis días.
    El encuentro era para músicos clásicos de la vanguardia mundial de esa época.
    No habían invitado a ningún europeo ni americano, ni del norte ni del sur. La mayor parte eran ciudadanos de los países anexados a la Unión Soviética, o asiáticos. Los japoneses tampoco podían viajar allí.
    En definitiva, los únicos aceptados eran los de esa región que estaba detrás de una cortina que se usaba entonces y cuyo material era el hierro.
    La conductora del programa había nacido en Armenia y fue la que me regaló ese viaje que hizo que de joven cambiara mi manera cerrada de ver el mundo.
    Me dijo a qué hotel tenía que ir. No podía cambiar nada. Era muy estricto en todos los aspectos. Lo latino estaba fuera del sistema. No lo entendían ni lo aceptaban. Ni siquiera a los cubanos los veían con buenos ojos. Todos éramos alienígenas. Yo estaba incluido en ese grupo.
    El hotel en el que me hospedé era el único que había en Varsovia. Cuando lo vi me acordé de la foto del Hotel Royal de Mar del Plata. Sí, ese que nunca se terminó. Pensé en las paradojas de mi destino. Tener que pasar unas noches en el Hotel Royal de Varsovia, frente al río Vístula y cerca del mar Báltico. Muy lejos de Mar del Plata. Mi instinto explorador volvió a despertar.
    Lo primero que hice fue recorrer el Castillo Real.
    Frente a ese gran ventanal, sus grandes cristales fueron un espejo para mí.
    Pensé que sobre él se miraban a sí mismos los reyes polacos antes de que los grandes maestros de la pintura los retrataran.
    Me paré bien erguido, como en pose de pavo real. Me miré en ese espejo para sentirme rey de Polonia por unos segundos.
    Dos días después llegué al lugar donde había nacido Chopin. Sí, ése que pidió que enterrasen su corazón, porque su cuerpo quedaría en París.
    Me detuve a mirar el reflejo de los árboles sobre el pequeño lago. El viento hacía que el agua ondeara suavemente.
    Logré soñar que mis retinas imitaban a las de Monet. Cien años atrás, en París había pintado El Sol Naciente. Sí, soy muy impresionista, se los tengo que confesar.
    El lunes 18 de febrero, me tocó vivir una historia que jamás conté y les pido que no se la repitan a nadie. Era una tarde ventosa de invierno. Muy fría. Tuve ganas de hacer pis. Fui a un baño público (aunque no tenía ninguno de los símbolos que conocía. Mi olfato me llevó. Como el que sé que tiene mi anciano y ya ciego perro labrador).
    No había gente. Unos instantes después entró un polaco de mi edad. Se paró cerca de mí. Un silencio eternamente breve invadió ese lugar y unos minutos después se fue. No sé quién era. Mi corazón y mis manos temblaron.
    Allí, en Varsovia, viví esa tarde oxidada. Reviví lo que me había tocado aquí durante el gobierno de Videla, Massera y Agosti.
    Me acordé de la frase que había escrito el francés Alain Danielou en su libro El camino del Laberinto y sus Recuerdos de Oriente y Occidente.
    El tiempo no es más que una ilusión. Todos los momentos de la vida coexisten.