Memorabilia


Columbia University

    Recién me bajé en la estación Columbia University de la línea número uno del subte. Aquí hay 27 líneas de subte con 472 estaciones. Necesito un mapa. Mi memoria no me alcanza para eso. Veo que a casi todos les pasa lo mismo. Pero en vez del mapa impreso, usan sus celulares. Se ve que no tienen el problema que tuve el año pasado en la estación Pasteur de la línea B.
    La salida de la que recién me bajé queda a unos doscientos metros de la entrada a la Facultad de Lingüística. Exactamente en la calle 116 y la Avenida Broadway. Hace casi treinta años que no me bajaba aquí. Tengo ganas de visitar la que fuera mi primera aula. Quiero saber si la recuerdo o no. Si está o se borró.
    Al entrar, me pidieron mi carnet de estudiante y les mostré el que guardo en casa. Antes de viajar, lo busqué en mi caja de fotos. Sí, esa de color arena mojada que mide como dos cajas de zapatos (de los que usaba mi papá). Tenía la manía de tenerlos siempre muy lustrados antes de salir a la calle. Las fotos son mi auto ayuda para recordar viejas cosas. El carnet de la universidad tiene el tamaño de una tarjeta de crédito, pero es blanco. Y quizás no tenga ya crédito o deba algo. No lo sé. Ya se los voy a contar. Lo miro, y está fechado en "Otoño de 1993". La foto me muestra que a los 32 años ya era pelado. Se ve que en esa época no existían los injertos capilares en Nueva York. Si allí no había, seguro que en Buenos Aires tampoco.
    El empleado de seguridad que me atendió tenía mi altura. Mucho pelo y rubio. Con un mechón en la frente peinado como si a la noche se hubiera puesto los ruleros con los que mi mamá dormía todas las noches. Junto a él había otro, mucho mayor, que no me miró, salvo hasta que su compañero con su dedo índice le señaló la fecha y los dos hicieron el mismo gesto: levantaron sus dos cejas. Entre ellos comprendieron ese lenguaje, yo no. Mejor ni pienso en eso y sigo mi historia.
    Subí en el ascensor que tenía más cerca. Apreté el botón del sexto, que era el último piso. Todavía no me acordaba de nada. Era como estar en un lugar nuevo. Desconocido.
    Pensé que ahí podría unir las sinapsis que perdí en el accidente. No le cuento esto a ningún médico porque creo que pensaría que estoy desvariando. Pero seguí mi instinto, que siempre me ayuda. No sé cómo se llamará esa característica. Algunos lo llaman olfato. Lo que si sé es que se llame como se llame, a mí me ayuda y me es difícil de explicar. Cuando lo hago me hacen gestos de todo tipo.
    Ese lenguaje todavía no lo sé interpretar. Me lo deberían haber enseñado como materia de la carrera de Lingüística Aplicada que cursé allí, en la Universidad de Columbia. Ese tipo de lenguaje, que es completamente distinto al que conocemos, no sé cómo se llama o quién lo estudiará. Voy a tratar de averiguarlo y apenas lo sepa, les cuento.
    Llamé de nuevo el ascensor y fui entrando y saliendo del ascensor en todos los pisos. Me sentía en un territorio desconocido hasta que al final, en el primer piso, tuve frente a mí una puerta grande de madera oscura. Tenía dos hojas. El pasillo en el que estaba tenía su piso revestido de unos listones de madera color canela dorada. Todas las paredes estaban divididas en dos partes. La superior era de un color que me hizo recordar al choclo que hervía mi abuela en casa. La parte inferior estaba revestida con los mismos cuadrados de madera que había en mi época de estudiante. Era caoba original.
    El caoba reluciente y las puertas de madera oscura hicieron que recordara que si entraba allí estaría en el aula en que tuve mi primer día de clase, en otoño de 1992. Y para ser más preciso, el lunes 2 de septiembre a las diez de la mañana.
    A través de una gran puerta de madera de dos hojas, podía entrar al aula. Una de ellas, la de la izquierda, estaba cerrada. Pensé que quizás esto estaba vinculado con algún motivo político. La de la derecha, entreabierta. Tenía pegada una pequeña hoja de papel blanco con un texto que no llegaba a leer.
    Tomé aliento. Me enderecé y entré al aula como si fuera a dar una clase.
    La única persona que estaba adentro era una mujer de unos cuarenta años, sentada al lado de un pizarrón larguísimo. Nunca lo supo, pero le inventé un nombre: Greta.
    Frente a ese pizarrón había unos tres o cuatro escritorios muy largos que cubrían casi todo el espacio. En un rinconcito, junto a la puerta por la que entré, Greta estaba comiendo algo. Era la hora del almuerzo. Eso hizo que mi estómago ejecutara un sonido que sólo escuché yo. Al verme entrar, Greta me saludó. Le pregunté si podía pasar porque quería sacar unas fotos. Me preguntó si necesitaba que ella saliera del aula. Le dije que no. Pero no le dije la verdad. Yo quería estar solo allí en ese momento. Que no hubiese nadie más que yo, acompañado por mis ojos, mi olfato y mi piel.
    Greta siguió comiendo e investigando su tablet. La noté muy interesada en lo que miraba. A los cinco minutos, miró su reloj y me dijo adiós. Mis ojos se lo agradecieron.
    Me quedé solo ahí. Tuve la sensación de que era ése y no otro el lugar que debía visitar para poder recordar mi época universitaria. Tuve, también, la impresión de que todas las luces de un árbol de Navidad se habían encendido. El árbol era inmenso, pero ahora tenía unas ramas que brillaban.
    Estaba tan contento que decidí escribir en el pizarrón un texto breve: "En 1992 Estudié aquí mi primera materia: Introduction to second language adquisition. Curso TL 4087. Claudio". Le saqué una foto con mi celular y después borré el pizarrón. Quise que ese momento de inmensa felicidad quedara guardado y a salvo.
    Decidí festejar ese momento almorzando en una cafetería que había en la planta baja. Seríamos unas quince personas. Dos estudiantes estaban hablando. Pero muy bajito. El resto estaba muy conectado. No entre ellos sino a través de sus pantallas y auriculares. Susurraban y no alcancé a escuchar a ninguno. Tapaban su boca mientras hablaban. ¿De qué estarían hablando y con quién? No lo sé, pero mi imaginación creó varias historias. Algunas no las puedo contar. Así que quedan en mí.
    Antes de salir, pasé por el baño y vi dos carteles que me llamaron la atención.
    El primero estaba redactado por la vicepresidenta de la oficina de diversidad y temas comunitarios. Lo había firmado una mujer que en la foto aparece muy sonriente y su nombre es Janice Robinson. El texto del cartel celeste, de más o menos un metro de alto por cincuenta centímetros de ancho, era:
    "¿Sos consciente?
    Sí significa sí.
    No significa no.
    Si falta sí, significa no."
    El segundo: "Ocupate de tu asunto. Pensá en tu asunto". Tenía la imagen de un inodoro abierto y riéndose. Y nos decía a todos los que lo mirábamos:
    "Me gustan todos.
    Por favor sea cordial con los que eligen este baño.
    El género de una persona no está siempre claro, pero todos necesitamos hacer pis en paz".
Pis y paz suenan igual en inglés.      Estos dos carteles no existían cuando yo iba a ese mismo baño allí, hace treinta años.

  • Claudio Bevilacqua