Memorabilia


Golda y Helena

    Me desperté recién. Fui al baño. Y ahora estoy acá, mirando por esta ventana muy delgada que llega desde el piso al techo de mi habitación. No sé bien qué hora es. Giro mi cuello a la derecha y trato de ver el reloj negro de plástico que uso todos los días. Sí, ese que siempre pasa sin problemas por los detectores de metales.
    Me pongo los anteojos y veo que son las seis y veinte. Puedo bajar a desayunar al primer piso pero tengo que esperar a las siete. No sé qué hacer estos cuarenta minutos. Aunque intente dormir sé que mi estómago se va a encaprichar hasta que mi paladar le envíe la señal que espera. La del café con leche y de las tostadas. Se queja con un grito interno que sólo puedo escucharlo yo. Me da bronca que aquí no haya dulce de leche. El único dulce que hay es mermelada de cactus. La voy a probar y un día de estos les cuento.
    Ya desayuné. Me senté en el pequeño escritorio, que no es de madera, sino del mismo material que los armarios de la cocina en casa. Sí, de PVC. Todo está bien limpito y ordenado.
    Mi Mac Book Air me guiña su ojo verde. Me avisa que ya está igual que yo, cargada de energía.
    Son las once y cuarto de la mañana. Por suerte ayer llegué a Tel Aviv.
    Jerusalem me gustó, pero tenía ganas de irme. Si te ven diferente ahí no solo lo advierten ellos sino que además te lo hacen notar. Me di cuenta apenas llegué. Parece una ciudad sitiada. La gente viaja en los colectivos con ametralladoras. A mí toda esta escenografía me parece muy rara. No la imaginaba. Son imágenes para un video clip del que no quiero formar parte. Viajar en Jerusalem con un arma en el transporte público, es como viajar en el subte de Buenos Aires con los celulares. A nadie le importa ni le da impresión. Están acostumbrados a convivir con armas. Yo no.
    Para llegar a Tel Aviv hice una hora de viaje por la ruta. Pero sentí que había cambiado de Continente. Es mucho más amigable conmigo. La distancia es igual a la que hacía cuando iba a hacer remo en mi adolescencia. Es como ir de Buenos Aires a Tigre. Tigre tiene algunos encantos, pero yo no puedo vivir ahí. No sé si algún día iré a parar a algún geriátrico en una isla, pero por ahora no. Necesito adrenalina. En Tigre y en Jerusalem no las encontré. En Buenos Aires y en Tel Aviv, sí.
    Decido leer por Internet el diario que recibo los domingos en casa. Me gusta la fotografía y ahora me entero que justo hoy me voy a perder la feria de fotografía en La Rural. Eso es lo único que me deja pensando el diario de hoy. Decidí cambiar esta realidad que hoy me toca. Voy a crear mi propia feria de fotografía aquí.
    Para eso voy a salir con mi celular en la mano. No en el bolsillo derecho de mi pantalón. Aquí no creo que me lo roben como hace unas semanas en la estación de subte Pasteur. Estoy seguro de que alguna de las fotos que voy a sacar aquí va a ganar algún premio el año que viene. Voy a mandarla a todos los concursos que conozco. Total, sale gratis. Nunca se sabe qué va a pasar.
    Elegí ir al Parque Meir por dos cosas. Por su nombre y porque en mi mapa está cerca del hotel. Tengo ganas de sacarle fotos en planos cortos a las flores y a las plantas.
    Pensé que era el parque al que iba Golda Meir a caminar antes de ser la Primera Ministra. Pero no, lleva el nombre del primer alcalde de la ciudad. No sé si Golda habrá ido alguna vez, pero en mi cuento de hoy voy a decir que sí. Así que ya saben por qué este relato se llama Golda Meir.
    Entro al parque y la primera planta que veo es blanca y muy exótica. Golda sabía que esa era la flor que mejor la representaba en ese parque. Fue la que primera vi. Esa flor me hizo un guiño para que me lleve a casa su imagen. Sabía que la representaba. Sé que Golda contó que cuando era chiquita: "Siempre sentía demasiado frío por fuera, y demasiado vacío por dentro". Esa era la flor que tenía frente a mí.
    Su imagen es la de un ave blanca, chiquita, con sus alas abiertas volando verticalmente hacia el cielo. Su pico es de un gris casi helado. Esta es la foto que quería. Saqué como veinte. Después, cuando me acueste un rato, la voy a editar para publicarla. Mi celular me dijo que el color de las hojas era de un blanco anti flash, como el de la harina blancaflor con el que mi abuela preparaba ese bizcochuelo esponjoso. No voy a tener que cambiar los tonos de los colores de la flor. No tiene colores. Solo muestran luz. Cuando las edite, voy a resaltar solo eso, la luz. Ya me gané el día.
    Cuando salí de visitarla a Golda, tomé en esa gran avenida un colectivo que no sabía a dónde iba. Creí que ya había cumplido mi deseo; ahora sería el destino el que marcaría mi camino el resto del día.
    El colectivo me hizo acordar a la serie que veía cuando tenía ocho años: "Viaje a las Estrellas". La daban en Canal 11. El transporte tenía dos vagones ultra modernos, del mismo tono de gris del pico de la flor a la que le saqué hace un ratito esa foto. Era para mí el colectivo del siglo 23. Tenía un fuelle entre los dos vagones. Solo se escuchaba un silbido cuando abrían y cerraban las puertas en las paradas. Era el ruido que hacen los globos cuando se desinflan, no el que hacen cuando se pinchan.
    A unos veinte minutos de viajar, vi un cartel en la calle que decía algo en hebreo que no entendí. Pero sí reconocí el logo HR, de Helena Rubinstein. Era el logo de los frascos que limpiaba los sábados a la mañana en la vidriera de la perfumería de mis viejos. Sí, esa que estaba en Montevideo 261, entre Sarmiento y Cangallo. Le habían puesto un nombre en francés, "Fioret", porque sonaba más paquete. Lo habían sacado de un perfume francés que daba un placer exuberante. Querían que las clientas entraran allí a descubrir esos placeres con los que seguro soñaban pero no encontraban en sus casas.
    Mi trabajo era ordenar bien la vidriera, me pagaban lo que mis viejos pensaban que merecía por ese trabajo: un cucurucho de chocolate y frutilla en la heladería Vesubio, que estaba a dos cuadras.
    Terminaba mi trabajo lo más rápido que podía y salía rápido. Cuando doblaba la esquina, empezaba a correr. No quería que me vieran. El heladero era un hombre mayor muy flaco y pelado, de unos cuarenta años. Siempre estaba contento. Usaba saco blanco. Muy almidonado. Era igual al de mi maestra de segundo grado, la señorita Susana. Yo pensaba que el heladero estaba siempre tan contento porque podía comer helado cuando quisiera. Así habría estado yo si mis viejos hubieran sido dueños de una heladería en vez de una perfumería.
    El único cliente a esa hora era yo. Cuando entraba, me decía: "Hola Claudio, ¿lo de siempre?". Mi gesto se lo confirmaba. No tenía que hablar. Le pagaba con las monedas que me daban por haber hecho bien mi trabajo y siempre me decían: "Ojo, no te manches". Ni una vez se olvidaban de decírmelo. Mi apuro no les daba confianza.
    Me distraje. Voy a retomar el viaje en ese colectivo del futuro.
    La parte de adelante tenía muchos asientos libres. Elegí el primero, así podía ver mejor. A unos quince minutos de viajar, vi ese cartel que me cambió el día. El parque de Golda ya no me importaba. Vi el cartel de Helena Rubinstein. El del perfume que usaba mi mamá cuando teníamos la perfumería.
    El perfume se llamaba Heaven Sent, que es algo así como "caído del cielo" en inglés. No encuentro una palabra para definir lo que sentí. Algo o alguien indefinible todavía para mí, hizo que pasara por allí en ese momento y que mis ojos miraran y se focalizaran en ese cartel. Exactamente lo mismo que me pasó hace un rato cuando entré al Parque de Golda. Me bajé en la siguiente parada, a unas cinco o seis cuadras.
    Con mi celular, seguía mi recorrido virtual de Tel Aviv. Marqué dónde estaba. Saqué una foto con la pantalla para saber bien la dirección de Helena Rubinstein. Casi todos los viajes de hoy son virtuales, como el de los chicos que visitan un museo, y miran la Gioconda de Da Vinci a través de la pantalla de sus celulares, que tienen una gama de matices de colores mayor que los que puede identificar la retina humana. Creo que hoy estamos viendo fantasías. Quizás nos sirva. A mí, creo que no. Pero les digo la verdad, no lo sé.
    Por fin llegué… La primera imagen de Helena Rubinstein no me gustó. No me decía nada.
    No tenía el símbolo que yo buscaba.
    Fue ahí que pensé que los símbolos que uno crea existen y viven. Pero no en la vida real, sino en la virtualidad de nuestra imaginación.
    Volví al hotel con dos imágenes en mi retina. Una de la flor blanca y la otra de Helena Rubinstein. Las voy a imprimir.
    Quiero empezar a prevenir el Alzheimer.

  • Claudio Bevilacqua
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Por Claudio Bevilacqua

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